a contranovela
El hijo del oligarca - Patrick Radden Keefe

El hijo del oligarca

Patrick Radden Keefe

6.9
EDITORIAL:
Seix Barral
AÑO:
2026
TRADUCCIÓN:
Javier Calvo
PÁGINAS:
496

Patrick Radden Keefe, el hombre de los dos apellidos, algo poco usual en EEUU, es también poco convencional porque convierte cada investigación periodística en una trama novelesca o bien, lo que podría parecer más propio de una ficción, él le otorga el poder de darle credibilidad. Coge un sumario, un expediente policial o una necrológica y lo convierte en novela. En otras ocasiones, opta por la elipsis, el suspense y un giro inesperado, y tenemos una verdad documentada. Si no estás muy atento, puedes caer en la tentación, mas líbranos del mal, de pensar que la realidad y la ficción se confunden en las obras de PRK.

El hijo del oligarca es eso mismo. Si lees la sinopsis, podrías pensar que estás disfrutando de una serie policiaca de la BBC. No digo nada extraordinario si revelo que la historia comienza con la caída de un joven desde el quinto piso de un edificio de apartamentos de lujo frente al Támesis. Este punto de partida que supondría el pie para una investigación para honor y gloria de la policía británica acabaría en tira de Mortadelo y Filemón si no fuera por la gravedad de los hechos; sin embargo, la mano de Radden Keefe lo que consigue es confundirnos y darle la vuelta a la tortilla - ¡Cuida, cuida, que está poco cuajada y se te deshace! -.

Todorov explica que toda novela policiaca cuenta dos historias: la del crimen y la de la investigación. PRK firma este contrato en la primera página para luego incumplirlo. Lo verdaderamente importante de esta historia no son en sí las pesquisas policiales, sino el contexto del que procede y las ramificaciones que se extienden. De hecho, el título original, London Falling, es mucho más explícito, cuyo tono underground, de los bajos fondos, imita al London Calling de The Clash. Tampoco acertaremos si consideramos que la historia intenta únicamente desentrañar qué le sucedió a este joven, pues la investigación sólo nos permite conjeturar. De quien sí tenemos el fallo de culpabilidad es de la ciudad de Londres. London Falling, ya tú sabes, mi amol. Un Londres que se ciega ante oligarcas rusos y petrodólares árabes. Y es que PRK, que no son las siglas de ninguna franquicia de pollo frito, es un trilero porque hay que andar con ojo para saber dónde esconde la bolita.

Lo que venían siendo las orillas del Támesis, allá por los orígenes de la industrialización, un lodazal hediondo, se disfrazó de lujo y glamour a finales del siglo XX; sin embargo, parafraseando a Augusto Monterroso, cuando despertaron, el lodazal todavía seguía allí. Lo único que había cambiado era su vestido. Edificios con vidrieras relucientes como si de catedrales se tratasen, para los cuatro días de sol que tienen, que más se acercaban a la Comala rulfiana, que nada tiene que ver con el portavoz de ERC, aunque la izquierda de la izquierda esté un poco… shhhhh. No voy a hacer el chiste fácil. Hoy estamos muy de siglas, me estoy dando cuenta. Comala, que se me va el santo al cielo, porque en estas viviendas no había presencia prácticamente de sus dueños, más que nada porque los pisos eran propiedad de holdings y grandes corporaciones ubicadas en paraísos fiscales que utilizaban estos edificios para blanquear su dinero procedente en gran medida de la corrupción. Si Juan Preciado camina hacia un pueblo de muertos en busca de su padre, Zac hace el viaje a la inversa: se inventa un padre oligarca a la medida de una ciudad de fantasmas. Y ahí está gran parte de la deriva de una ciudad que se vendió a la fe ciega de oligarcas rusos y ahora emires árabes haciendo oídos sordos a la ética, aunque poniendo la oreja al sonido (virtual) de las criptomonedas.

La historia de Zac, de diecinueve años, quien se supone que será nuestro protagonista, es la historia de un joven iluso e impostor que cree que sólo con la mentira y sin doblar el lomo para trabajar, se puede triunfar. Y no. El libro desmonta esa lectura. Zac es un impostor en una ciudad de impostores. Así te doblan otros el lomo -literal- porque es necesaria la falta de escrúpulos para formar parte de determinados grupos de ostentación, lo cual me lleva a una triste conclusión.

Con este libro se puede llegar a varias. No quisiera generalizar. Mi inocencia me empuja a entrecomillar mis próximas palabras, pero mi estómago se resiste al declarar que es imposible hacer fortuna, como la de los protagonistas de esta novela, perdón, investigación periodística, si no es a través de la estafa, la corrupción o cualquier otro tipo de delito que conlleve, incluso, sangre. El hijo del oligarca muestra eso. Todos los pijos-british, ni que decir tiene los oligarcas rusos, o los que de la noche a la mañana empiezan a manejar dinero, no se enriquecen de manera sana. Ninguno. La trampa, la mentira y el blanqueo es el método más fino. Dinero y ética son el aceite y el agua. Pero aún hay más. Y ese más, lo continúo al final del siguiente párrafo. Aquí me faltaría un anuncio para monetizar.

Mención especial en este libro tiene también la policía británica y es que podría ser otra de las ramificaciones que acompaña al Londres actual. Lo que viene llamándose flema británica ha sido siempre un ejercicio de hipocresía disfrazado. Si los políticos que se han vendido al dinero representan un estamento absolutamente devaluado y malcriado, la policía no vive sus mejores días tampoco. Lejos quedaron los Sherlock Holmes y los James Bond. Más que llamarse Scotland Yard, deberían renombrarlo por Scotland Jackass, como el famoso programa de televisión de la MTV, otras siglas. No dan una. Entorpecen. Se equivocan con las pruebas. Tardaron días en identificar el cadáver. Algunas pruebas las pierden. Sencillas investigaciones como entrar en el WhatsApp de Zac no les parece del todo relevante. Geolocalizar móviles “pa cuándo”. Todo de manera torticera. Si al menos utilizaran zapatófono como en Superagente 86... Qué poco mérito tiene Line of Duty para retratar la corrupción dentro de la policía. No quiero pasar por alto otras siglas, las del AC-12, que es el equipo de anticorrupción de la serie. Volviendo a la cruda realidad. El pan nuestro de cada día. Y el que no hacía la vista gorda, es porque no alcanzaba a tanto. Y aquí viene lo que dejé a medias en el párrafo anterior. Y es que, tal vez, haya tirado de populismo al generalizar que todas las fortunas son delictivas. Lo que verdaderamente emerge de este libro es que lo sean o no, a nadie le importa. Ni siquiera a la policía ni a la justicia. Lo que el libro denuncia no es la codicia individual, sino la indiferencia estructural.

Con estos mimbres, PRK va desmadejando el lío morrocotudo que emerge de este caso, que podría ser, desgraciadamente, un caso más de suicidio u homicidio. Pero recordad que con PRK, cuando escribe “plata no es” no se está refiriendo al plátano, sino que escarbando y excavando, desentraña más síndromes del impostor. Porque a este Indiana Jones del periodismo no le basta descubrir los embelecos y artimañas de los principales sospechosos, sino que es capaz de encontrar pozos oscuros en la propia familia. No quiero confundir. No me refiero a Matthew y Rachelle Brettler, los padres. Los únicos, cuya actitud, podría ser calificada de encomiable, al menos, que sé que alguno me lo reprochará, desde el momento de la muerte de su hijo.

Y por último, lo que más me ha dolido. En sus primeras páginas, los Brettler habían elegido Louis como nombre para su hijo; sin embargo, cambiaron por el de Zachary porque, según ellos, el bebé tenía una naturaleza tan distintiva que Louis no les parecía adecuado. Por el contrario, Zachary transmitía, reincido en lo de “según ellos”, una personalidad mucho más fuerte. ¡Pero qué agravio es este hacia quien escribe sobre ellos! ¡Pero qué invento es este! ¿Acaso sugieren que Luis no ofrece la talla como reseñista? ¿Es, acaso, la tesis oculta de este libro? Venga, vale. No pasa nada. No quiero problemas entre nosotros. Lo acepto, entonces. Doy mi brazo a torcer. De hecho, Zacarías significa “Dios se ha acordado” y este libro es un acto de justicia y de memoria a favor de alguien a quien la ciudad quiso olvidar.

Eso sí, como mando yo: ¡Luis, Luis y Luis! Y en negrita. A ver si tiene o no personalidad…