La isla de la infancia. Mi lucha: 3
Karl Ove Knausgård
Mi interés en este tercer libro ha sido menor. La calidad, altísima. El problema, el lector. Mea culpa. Lees el primer tomo y caes en shock. El segundo se traslada a otro momento relevante de su vida como es el fracaso de su primer matrimonio, su giro de 180º a su nueva vida en Suecia y su segundo matrimonio. Ambos portentosos. Llega este tercero y esperas una continuidad cronológica que no existe. Karl Ove te ha hecho un Chiquito de la Calzada. Un paso al frente con rodilla en alto y dos para atrás ¿Por qué? Pues porque el orden que sigue no es cronológico, sino emocional. Leyendo un poco en internet, aprendes que este orden sentimental divide la obra en tres bloques sentimentales. La muerte del padre, el yo literario y los restantes cuatro tomos, aunque se podría dejar aparte el sexto más metafórico y filosófico -qué ganas de llegar a él- centrados en la idea de la identidad en clara sintonía con las novelas de formación.
Una vez tenido en cuenta esto, empieza muy fuerte con algunas reflexiones filosóficas sobre la identidad. ¡Cómo me ponen! A partir de aquí, ritmo muy ágil y mucha narratividad. ¡A saco! La vida de Karl Ove desde los 6 a los 13 años en la isla de Tramoya. Nuevo colegio, amistades, primeros amores con sus correspondientes aciertos y fracasos. Pero por encima de todo, el libro se condensa con las famosas primeras líneas de Ana Karenina en la que se encierra esa verdad sobre la felicidad de las familias y la infelicidad como concepto particular de cada una de ellas. Porque por encima de todo, sobrevuela la figura del padre. Si has leído el primer tomo, lo entenderás, y si quieres empezar por este tercero también podrías porque Karl Ove es muy tostoiano, pero tambíén es muy chiquito (de la Calzada). Aquí intercalaría un “Siete caballos vienen de Tramoya”, pero mejor, no. Lo que Karl Ove padeció durante su infancia fue miedo. A pesar de esa imagen ruda, seria y firme que podemos apreciar en él en la actualidad, Karl Ove niño era inseguro, en ocasiones ridiculizado por cierto afeminamiento, pero por encima de todo la sombra alargada de un padre autoritario que excede los límites del cariño y que de nuevo ofrece una de cal y otra de arena. Un día su padre es comprensivo y tres, un tirano que le hace ingerir cuatro manzanas seguidas por el simple hecho de haberse comido el día de antes dos sin pedir permiso. Así se las gastaba su padrecito.
En el libro hay mucho paisaje. Mucho bosque, nieve y fiordos. La vida de Karl Ove hacia el exterior se asemeja más a un lugar común renacentista: bicicleta, fútbol, vegetación frondosa, riachuelos, travesuras, chavalas. Uno siente ganas de comprar un vuelo directo a Tramoya; sin embargo, no hay nada más teratológico que un lugar simbólico y bello, como si se tratara de un cuento infantil, el de Hansen y Gretel, por ejemplo. El concepto de belleza perfecta supone, más bien, horror. Echad la vista a un cuadro de Patinir, “El paso de la laguna Estigia” donde conviven belleza y caos. Belleza y terror. No hay nada más desasosegarte que la ausencia de imperfecciones. Pues aquí es lo mismo. En vez de la madrastra que abandona a los niños en las profundidades del bosque; es el padre, desde su poder intimidatorio, quien lanza a Karl Ove hacia lo más hondo de su psique impidiéndole vivir con la felicidad propia de un niño. Una vez leídos el primer tomo y el segundo, uno entiendo que la literatura está siendo esas miguitas de pan que le han permitido liberarle del peso del padre. Que tomo a tomo, palabra a palabra, ha conseguido darle sentido y presencia al concepto freudiano de “matar al padre”.
Hasta aquí, por no querer aburrir, si es que alguien ha llegado a estas últimas líneas. Y lo más sorprendente. Lo más sorprendente es haber colado a Chiquito en esta reseña y no haber imprecado al padre de Karl Ove con un “torpedo”, “fistro” o “cobarde de la pradera”. Por supuesto, habrá cuarto. Uno ya lleva en las alforjas, cierto bagaje “karloveniano”.
¡Hasta luego “pecador”!