Herscht 07769
László Krasznahorkai
A la última novela -hasta la fecha- de Krasznahorkai hay que mirarla desde la coherencia formal y no tanto desde una presbicia argumental. Para aquellos que tengan miedo a acercarse a sus obras, es cierto que el húngaro crea novelas con un esqueleto asfixiante donde la angustia vital se acompaña de cierta complejidad. El verbo “padecer”, sin tener que ser absolutamente negativo, se acerca a mi experiencia con “Tango satánico”. No es el caso de la presente. Esta es una novela muy accesible porque la cadencia musical que consigue escritor y traductor te facilitarán la labor lectora.
Uno se acerca al libro preguntándose cuál es la intención de escribir una única frase que ocupe las cuatrocientas páginas. La extensión no describirá el terror, sino que lo producirá. Uno se siente inmerso en la asfixia al igual que les sucede a los vecinos de Kana. La duración no es un exceso, sino el mecanismo que convierte una historia, en apariencia sencilla, en una experiencia. La duración tiene un problema: tu incontinencia urinaria. Dónde carajo pongo la muesca para pausar la lectura y poder ir al baño.
Conforme van sucediéndose las páginas, uno percibe que la relevancia de este texto estriba en el ritmo que es generada por la ausencia de puntos. Sin más, creo que el verdadero protagonista de “Herscht 07769” es el estilo y el compás producido por los ciclos respiratorios. Parece que tienes a Krasznahorkai en tu interior controlándote las tomas de aire. Coloca su pluma en tu diafragma y te acompaña en tu solitaria lectura. ¡Maldición, ya estamos con el mindfullness! Ni de lejos, quédate tranquilo, aunque en este ejercicio de acompañamiento te sientes partícipe.
Quiero advertir que la ausencia de puntos no es un ejercicio tan sencillo como uno se pueda imaginar. No puntúo y ya está. Si fuera así, mis alumnos serían premios Nobel en potencia. ¿Acaso son krasznahorkais en potencia? No. ¡Son sordos! ¡Me-cagüen-la-leche! Que se lo corrijo una y otra vez. ¿Por qué es coherente en este caso, entonces? Pues porque, al igual que sucede en la música de Bach, que está presente como subtítulo del libro y, además, emerge a lo largo de toda la historia, no existe una única voz narrativa, sino que hay cierta polifonía que actúa como sujeto. Al igual que sucede con la música de Bach, hay una multiplicidad de voces que entran una tras otra persiguiéndose. En este chorrazo narrativo tú te encuentras presente. La primera y tercera persona se cuelan y, en un movimiento de traslación y rotación la historia se va tejiendo, además, tanto hacia delante como hacia atrás ejerciendo, por parte de los paisanos del pueblo, el acto de narrar, el acto de rumorear, de no saber muy bien qué está sucediendo. La sintaxis, pues, borra las fronteras entre lo que se dice, lo que se hace o lo que se piensa. Nosotros, al igual que los personajes, y debido a esa serpiente sintáctica, mantendremos la misma indistinción epistemológica, la cual será la que genere la atmósfera agobiante. [Pausa para ir al baño].
Una vez que tenemos claro que toda gira en un movimiento sinfónico, el argumento de la novela es un mero acompañamiento. Aquí sí que os diré que la historia adolece, a mi juicio, de cierta simplicidad. Su trama, propiamente dicha, es algo delgada. He echado de menos al Krasznahorkai que me hacía sudar y es que, como alguna vez dije, quién entiende al lector. La historia se sitúa en el corazón de la germanía: Turingia y más exactamente en un pueblo, Kana, trasunto ficticio de la ciudad de Kahla.
Florian es nuestro protagonista principal que no único. Se identifica con ese personaje bonachón, inocente o “tonto sagrado” que ya aparece en otras novelas como “Tango satánico” o “Melancolía de la resistencia”. Un personaje honesto que termina convertido en fuerza de la naturaleza. Su aspecto físico y bonhomía divergen en un mundo superficial como el nuestro. De nuevo, forma y fondo actúan como aceite y agua. Frente a él, un grupo de neonazis que actúan como encarnación del mal. Liderando a este grupo, el Jefe que, junto con Florian, componen ese binomio de personajes propios de la tradición literaria, no en este caso que se complementan, sino que actúan uno como contrapunto del otro. No obstante, Krasznahorkai huye de polarizaciones para apreciar que estos personajes no son blancos ni negros, sino que en ellos hay matices que los dibujan. El Jefe tiene sus momentos de sensibilidad y de buena voluntad frente a la banaliazión del mal que su contrario puede llegar a generar.
La historia parte de una carta que Florian envía a Merkel, a la que todos conocemos, en la que la advierte de una realidad que él ha reinterpretado y sobre la cual se han de tomar medidas. Si el universo surge de un desequilibrio entre materia e inmateria -no os asustéis, que es todo muy accesible-, y el ser humano es fruto de ese error cuántico, hay que estar preparados para evitar que se vuelva a desencadenar nuevamente esa “ruptura satánica de la simetría”. Evidentemente, este acto de entropía latente se refiere simbólicamente a una metáfora del presente en el que vivimos. Junto con la pandemia del COVID que flota silenciosamente entre las páginas, otra serie de tragedias más terrenales correrán en paralelo: la amenaza neonazi, por ejemplo. Una vez más, la literatura actúa como ejercicio profético porque en las últimas elecciones en Turingia ganó por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, aunque sin mayoría absoluta, la AdF, el partido ultraderechista.
De novela con una premisa científica, desfilaremos al thriller. Aunque el lobo sea un animal mítico que representa los temores de esta sociedad y tenga un papel importante en esta novela -aparece en la portada-, el “Thriller” al que me estoy refiriendo no tiene que ver con Michael Jackson.
Más germano que la salchicha y la cerveza será la sensación de pérdida, de anhelo que se comporta como una dependencia y que podemos observar página a página. Me estoy refiriendo al Sehnsucht romántico de Novalis y compañía. Tanto Florian como sus paisanos sentirán que sus vidas son defectuosas y sueñan con un estado pleno. En el caso de Florian, la música de Bach se convertirá en consuelo y estructura estable frente a la inestabilidad general de los seres humanos. El grupo ultraderechista también con esta nostalgia -en este caso el Sehnsucht se vuelve siniestro- en busca de una Alemania mítica y pura.
Ahora que ha salido a la palestra Bach, quisiera añadir que para Krasznahorkai la música no redime, no reparte bondad, sino que es una alegoría del orden y este no tiene ética. La música ejerce la misma sensación de bienestar a quien la recibe pasivamente que a quien la usa para ejercer poder. La novela nos obliga a soltar la idea de que el arte eleva moralmente. Bach ha sido reclamado tanto como emblema de genio nacional y símbolo de pureza alemana, como acto de redención casi religiosa. Con el recuerdo de Bach recorreremos los distintos emplazamientos turingios que fueron relevantes en su vida convirtiendo, así, la novela en una interesante guía de viajes.
Finalmente, Krasznahorkai ha construido una novela, a mi juicio, algo alejada de aquello a lo que estamos acostumbrados en él. Sin embargo, hay una serie de emblemas que son marca de la casa como la simbología y el valor semiótico del estilo. Krasznahorkai lleva escribiendo en la tradición de la fábula y la parábola toda su carrera. El interés no está tanto en la complejidad de la intriga, ya que el tratamiento moral es binario y esto puede mostrar una falsa realidad. No vayáis por ahí porque es posible que no apreciéis otras virtudes. Su calidad reside en el ambiente. Es el reverso del “Love is in the air”.