a contranovela
La ciudad solitaria - Olivia Laing

La ciudad solitaria

Olivia Laing

6.0
EDITORIAL:
Capitán Swing
AÑO:
2017
TRADUCCIÓN:
Catalina Martínez Muñoz
PÁGINAS:
288

Soy muy mal lector de ensayos y si son leídos en ebook, aún peor. Quería leer a Olivia Laing porque el algoritmo lleva unos años intentando que entre nosotros surja algo. Ya lo intentó con El jardín contra el tiempo bombardeándome una y otra vez con opiniones excelsas. Lo que te supone el hype, que yo ya me veía participando en un huerto comunitario al salir del trabajo. Yo, que lo único que sé agarrar es un boli Pilot rojo. ¿Pero adónde vas, Luis? Total, que no caí en la trampa algorítmica. Un año después me salta la alarma de un nuevo Olivia Laing: El libro de plata. Esto fue hace unas semanas. Un libro que aborda el cine italiano de los setenta. Aquí el algoritmo ha afinado y se me ha presentado con todas sus armas. No ha ido a ciegas como la vez anterior. ¿Un libro de jardines? Te confundiste por completo. Si me sacas de la rosa y ya no distingo. Lo que yo no sabía es que el algoritmo estaba preparando sus tretas para engatusarme con algún Olivia Laing nuevo. Esta bola extra era La ciudad solitaria que es el libro del que os quiero hablar.

Nunca sabré si yo fui a buscar este libro o el algoritmo hizo que yo creyera que actuaba con absoluta libertad. La duda queda ahí. Allá por el 2012, Olivia Laing se traslada a EEUU, más concretamente a Nueva York. Lo que iba a ser una vida en pareja, pronto se convierte en una separación y en un “¿aquí qué f*cking hago yo?” No obstante, se queda. No lo publicó como Piqué el día antes de que Messi le hiciera la 3-14, pero sí se queda y, como Olivia es muy curiosa, comienza a realizar una serie de investigaciones acerca de algunos artistas que vivieron en Nueva York, algunos incluso muy cerca de donde ella vivía, y se sintieron y proyectaron su soledad en sus obras. Le agradezco a Olivia Laing que se ponga muy de perfil durante todo el ensayo porque es consciente de que no es ella sobre quien recae el interés del libro. Frente a la idea carreriana, de Carrère, del YO, ME, MI, CONMIGO, ella se aparta sobre la verdadera protagonista del libro. Casi medio libro para coscarme de que Hopper, Warhol y Wojnarowicz, entre otros, no son más que una excusa para mostrarnos que es Nueva York, la Saturno que devora a sus hijos, quien se sienta en el banquillo para recibir el veredicto de culpabilidad. Y aquí, como lo que cuenta es el sentimiento de desarraigo y desprotección que la ausencia provoca, aún podemos adivinar que quienes se llevan la peor parte son las mujeres.Hopper quiere pintar Nueva York desde el silencio de su ventana. Todo queda recogido en un marco en cuyo centro se dibuja la experiencia del aislamiento. Solitarios o en parejas que parecen incómodas y no se comunican. Pero no quería referirme a esto, sino a su mujer, Josephine, artista también, cuya obra fue despreciada y silenciada por el MOMA.

Los dos siguientes artistas me han interesado más, pese a que mucho se sabe de ellos, en especial de Warhol. No me extenderé en absoluto, pero sí quiero reivindicar -desde una distancia prudente- a quien sí considero la verdadera protagonista del capítulo relacionado con Andy Warhol y es que recordad que no hay que fijar la mirada en la diana, sino en los márgenes y más al margen de Valerie Solanas, poco puede haber. Madre mía, cómo estaba de mal la pobre. No sé si esto es políticamente incorrecto, pero cómo le bailaba la cabeza... Valerie Solanas fue quien le descerrajó una serie de balazos a Warhol, al borde de matarlo, aquí todo es en los límites, y eso que ella se consideraba su amiga. Lo único que quería es que la incluyera en sus películas y le publicara SCUM, Escoria, toda una declaración de intenciones. Por supuesto, Warhol tendrá un gran protagonismo, a pesar de lo dicho, porque su presencia ya destilaba genialidad.

En este tablero underground, de coca a coca, digo de oca a oca, y tiro que le toca, pasamos a un nivel premium de “undergroundismo” con David Wojnarowicz. Para mí el mejor capítulo. Que esto no salga de aquí porque Solanas se me presenta y no sé lo que me hace. Sinceramente, lo considero el mejor artista de todos los que se mencionan en el libro. Las pasó canutas en el Nueva York de los años 70: drogas, prostitución homosexual, violaciones, pobreza/ miseria, vandalismo, palizas… Un poeta más allá de los márgenes de cualquier marginalidad. Sus fotografías, tan icónicas e imitadas, con la máscara de Rimbaud, reflejan esa necesidad de ocultarse entre las calles de una ciudad que ya de por sí es una exclusión social dentro de EEUU. Sus pinturas y collages son, en palabras suyas, la manera de dar testimonio y de revelar “cosas que siempre me había obligado a ocultar”.

A partir de aquí, si pensábamos que ya nos habíamos salido de todo confín, no contábamos con que nuestro ratón podía saltar a un monitor supletorio de la mano de un conserje, considerado el artista marginal más aclamado del mundo: Henry Darger. De hecho, sus obras no salieron nunca de su dormitorio hasta que, casualmente, el fotógrafo Nathan Lerner, su casero, quiso hacer limpieza tras la muerte del inquilino y vio que tenía ahí guardados más de 300 cuadros. Y Nathan que es muy tuno dijo “quieto parao”- stay quieto-, que yo fotografío fetén, pero más triste es “de robar que de pedir”. En inglés, claro. “Que stealing es sadder que begging”, o algo así. He de reconocer que su obra me ha interesado menos, aunque si queréis echar un ojo, aquí os dejo botando el hype nuevamente cuando os diga que pintaba niñas con pilila [es que si pongo pene igual me cierran el chiringuito], nubes con caras, hadas y descripciones de torturas en masa. Qué mezcleje. Yo no he dicho nada, eh.

El libro continúa por los derroteros esperables en los que vivir en comunidad es, a veces, síntoma de autodestrucción y de vacío; pero ya se va desinflando [o yo me voy desinflando] y ya voy pensando en mi próxima lectura. Ahora el acercamiento es hacia lo performativo poniendo el énfasis en la alienación, el silencio y la soledad que provocó el inicio de las redes sociales. Nos encontramos ahora en los primeros años del siglo XXI. Facebook comienza en 2003-4. Se habla de MySpace. Qué ridículo suena ahora. Hay situaciones y experiencias curiosas, como Quiet, un gran hermano antes de que Gran Hermano existiera. Un Gran Hermano a lo bestia en el que todo el mundo estaba invitado con la única condición de llevar pantalones naranjas, como si de un Guantánamo se tratara, y en el que cientos de cámaras recogían todo, desde sexo consentido a violaciones, defecaciones… No había ningún resquicio para la intimidad. Me estoy dando cuenta de que me está quedando una reseña de lo más disneylandesa. Oigan, culpen a Olivia Laing y al algoritmo que me llevó a ella. We Live in Public fue otro programa que se les fue de las manos, pero es que yo ya no tengo cuerpo para más vulnerabilidades. ¡Se lo lean! Si les interesa…

La conclusión a la que llega Laing es que el arte crea intimidad y le permitió a ella comprender que sentirse sola no es haber fracasado. El arte supondrá una resistencia al estigma y a la exclusión, con la bondad y la solidaridad como respuestas esenciales. Yo, por mi parte, he sucumbido a una nueva recomendación del algoritmo. En esta ocasión he leído casi todos sus libros, así que no ha tenido que esforzarse mucho. Con entrar en Goodreads le ha sido suficiente. ¡Haga el favor de currárselo más, leñe! Venga, sal a bailar que tú lo puedes hacer fenomenal. Tu cuerpo se mueve como una palmera. Suave, suave, su-su, suave…

Ahora, déjeme un ratito solo.