Estado del malestar
Nina Lykke
Primera novela que leo de Nina Lykke y en vez de presentarse con la corrección y educación que se espera de los nórdicos, va y me suelta un bofetón de realidad en todo el fiordo. Por momentos, me he sentido examinado por la autora porque muchas de las situaciones y reflexiones que se le vienen a la cabeza a la protagonista son las que yo he ido barajando en varias ocasiones. ¿Dónde está la cámara?
Elin es una doctora de medicina general que está hasta las narices, empezando por su vida y acabando por sus pacientes. A lo largo de los años hemos aceptado un modelo de felicidad, casualmente común a la mayoría de nosotros y, llegados a este punto, comprobamos que no es como nos lo habían vendido. Para evadirse de la sociedad, nuestra doctora encuentra refugio en el alcohol y en las series de televisión que si lo pensáis suelen ir de la mano. Ambas, en ocasiones, convertidas en analgésicos ante la frustración que convierten el escapismo en una forma de ocio.
¿Habéis observado que en muchas series los problemas se solucionan con un copón de vino? ¡Quién no quisiera que su hijo cayera secuestrado por una banda de mafiosos, o tu mujer o marido desapareciese en las más extrañas circunstancias! ¡Coñe, si te llegan los problemas al cuello y lo primero que haces es tomarte esa copaza en tu cocina maravillosa! ¡Me pido descuartizamiento de vecino y ser perseguido por la mafia albanokosovar! O peor: ¡Ser perseguido por Albano y Romina cantando Felicità! Bajo esta pátina seriéfila existe una banalización del alcohol y una romantización de estas escenas que se asocian al éxito y al glamour y que esconden, como dijimos, una soledad no deseada.
Elin está saturada en su trabajo porque observa que el mundo ha cambiado, pero de lo que no se da cuenta es de que ella forma parte de este mundo y, por tanto, es responsable de los mismos defectos que padece la sociedad. Elin diagnostica continuamente a los demás, pero es incapaz de diagnosticarse a sí misma. Noruega se supone que es uno de los países modelo en el desarrollo del bienestar y de la felicidad. [Felicità, es un viaje lejano mano con mano, felici… ¡Albano, no es el momento!] Los derechos sociales se convierten para el ciudadano contemporáneo en exigencia de obligado cumplimiento, independientemente de las circunstancias de cada uno. Claro, Elin, que está con el arma cargada, no tolera ninguna desviación de la norma, lo cual le supondrá varias llamadas al orden. Pese a estar en contacto con neurosis, hipocondrías y contradicciones de sus pacientes, ella ignora que pertenece exactamente al mismo ecosistema que desprecia. Repito, ¿dónde está la cámara que me vigila?
En ningún momento quiero dar a entender que es una novela ligera o de fuelle flojo, sino que, con un lenguaje cercano, transmite desde una óptica racional aquellos problemas que nuestra modernidad inspira. Todo el mundo tiene derecho a opinar, a decidir por sí mismo y a ver la realidad desde su único prisma, sin embargo, en muchas ocasiones, supone un acto de egoísmo.
Quiero remarcar la lucidez del texto porque, por momentos, creo que he abandonado la novela y tengo entre mis manos un texto ensayístico de temática antropológica sobre obesidad, depresión, derechos del consumidor... La primera persona del singular se abandona ante un cuadro costumbrista que grita ¡me cagüen la modernidad! - ¿Puedo cantar el estribillo de Felicità ahora, Luis? No, que no cabe en est… “¡Felicità! Es la playa en la noche, ola de espuma que viene y que va”. - ¡Romina, dile algo!
Pero la novela no es sólo un cuadro grupal porque Elin, cuando acaba su horario laboral, convierte su frustración en una de esas frases que la literatura ha grabado para la posteridad. Es llegar a casa, ponerse un copón de vino y tirarse en el sofá a recrear otras vidas porque su matrimonio, como el de sus vecinos, comparte una apariencia de felicidad; aunque, como Tolstói escribió, cada uno encuentre en la intimidad su particular manera de ser desgraciado. Noruega: un país de los más prósperos del mundo cuyos habitantes alcanzan sus objetivos vitales, pero siguen profundamente insatisfechos.
El marido de Elin, Aksel, es infantil, despreocupado, egoísta, patinador ¡hasta aquí podíamos llegar!, inmaduro, indolente, emocionalmente torpe; y es que, como demuestra la novela, ser buena persona no parece suficiente. Las hijas de ambos se han marchado a estudiar fuera y lo que debería ser una balsa de felicidad se convierte en piso compartido para dos extraños. Hasta aquí tendríamos la mitad de nuestra historia. Hay más. Hay infidelidades, separaciones… que dejo que seas tú quien las descubra.
Yo, por lo pronto, he ido descubriendo que la contemporaneidad ha dibujado un patrón de nuestra conciencia -convertida en esqueleto de plástico que acompaña a Elin en su consulta-, que dificulta salirse de la línea que marcan los puntos porque yo me he ido viendo reflejado en alguno de los personajes, aunque, sobre todo, en la protagonista. Que es muy fácil reírse de los demás, pero cuando giras el espejo hacia ti…
Ese esqueleto de plástico podría ser la metáfora que resumiera toda la novela. Que debajo de todo bienestar, de una casa confortable y de una relación de pareja razonablemente feliz, lo que importa es el armazón. Vivimos mejor, pero nadie nos garantizó soportarnos mejor.
Puedo asegurar que he escrito estas impresiones sin tener una copa de vino acompañándome. No puedo prometerlo en el caso de Albano.