a contranovela
Residuos - Tom McCarthy

Residuos

Tom McCarthy

8.3
EDITORIAL:
Lengua de trapo
AÑO:
2026
TRADUCCIÓN:
Andrea Vidal Escabí
PÁGINAS:
352

¡Tom McCarthy, me interesas!

No hace mucho comencé a leerte desde tu última novela. Me encantó, tanto por su complejidad como por todos los asuntos que desplegabas. Ahora, en un ejercicio de analepsis, acabo de trasladarme a tu primer trabajo. He ido a pillarte. Quería saber si “Caja 808” -la última- fue un accidente literario (¡Qué bien traído, Luis!), fruto de la casualidad. Y no. Y si lo hubiera sido, es un accidente cuidadosamente planificado. Es, en verdad, puro ADN McCarthy. Tu primera novela es también otra propuesta muy interesante. Me estoy refiriendo a “Residuos”. Con todo este poder que se me otorga por haber leído en unos pocos meses dos de tus novelas, te entrono como uno de mis escritores favoritos de este 2026. Te aviso: Pronto voy a por la tercera. A pillarte desprevenido, ¡ea!

“Residuos” narra las peripecias de un personaje inventado por ti tras un accidente del cual apenas concedes información. Este ser humano, absolutamente corriente, recibe el golpe “de algo” y, como consecuencia y por los daños sufridos, obtiene una indemnización multimillonaria. Nada más. Este es todo el combustible narrativo que concedes al lector. El resto te lo guardas para ti, ¡bribón! A partir de aquí, perderá la chaveta, pero no como tus lectores se estarán imaginando. Tú no estás para eso, Tom. Se planteará utilizar el dinero recibido en las recreaciones de diversos sucesos reales vividos por él o de los que tiene algún mínimo recuerdo, como si de escenas de teatro fueran [esto, tal vez, sea un poco complejo de entender; pero, posiblemente, sea mejor dejarlo en vuestro imaginario con cierta nebulosa]. Para dicha aventura contratará a una serie de personas que materialicen sus obsesiones. Dicha necesidad le provoca, ya que durante la rehabilitación ha perdido el poder sobre sus propios movimientos, la necesidad de aprehender la espontaneidad que ya no posee tras perder el control.

En este proceso de recreación, tu personaje tendrá mucho de vigilante vigilado propio de estructuras autoritarias. De esto podemos hablar algo más después. ¿Voy bien, Tom? ¿Me acerco? Si me equivoco, interrúmpeme, o mejor, me interesa también comprobar cómo el lector acaba ensayando interpretaciones al igual que tu protagonista ensaya escenas. Evidentemente, toda acción será un fracaso porque cuanta más búsqueda de espontaneidad, más necesidad de repetición y mecanización. De hecho, el protagonista acaba prefiriendo la copia al acontecimiento. ¿Cuántas veces te habrán confundido a ti con Cormac? Que no. ¡Que no es ninguna ofensa, leches!

No quiero ovillarme mucho en esto, porque lo que más me interesa de tus dos novelas son la creciente presencia de temas satelitales que orbitan alrededor del principal. Te sucede lo mismo en “Caja 808”. ¡Qué lío me armaste! Hasta estuve a punto de abandonar -ya me leíste, ¿verdad? La tienes en Facebook y en Goodreads- pero, como bien sabes, valió la pena [Marc Anthony].

Un, dos, tres, responda otra vez:

El mesianismo -que no milenarismo-, sería uno de esos subtemas tan bien traídos, ejercido por tu anónimo protagonista junto con la subordinación de los “conseguidores” de los que se rodea, que no cuestionan en absoluto ninguna de sus propuestas ni se le enfrentan en ningún momento ante los disparates del primero, lo cual nos acerca a la máxima de que el poder del dinero es sectario: “¡Viva el mal! ¡Viva el capital!”, cantaban y satirizaban los electroduendes. No, Tom, casi es más difícil que te explique estas referencias. Déjala pasar. Todos los personajes que has contratado para cumplir los deseos de tu protagonista actúan de forma servil ante el nuevo millonario del cual sólo ven la imagen metonímica de la libra. Tal vez, has intentado oponer cierto contrapeso con su amigo de infancia y con Catherine. Tal vez, porque no tienen mucha relevancia. El accidente, además de ser la herida ontológica de la que parte todo, al perder el acceso espontáneo a la acción, se arroga el poder de diseñarla desde cero, como un demiurgo. ¿Qué le convierte en ello? ¿Su creatividad, el dinero, su personalidad?

He tenido muy presente a lo largo de las páginas, la visión panóptica de “El show de Truman”, de “1984”, “La vida es sueño” calderoniana y de todas las que pertenezcan a este género. El intento obsesivo por repetir una y otra vez las acciones para captar la esencia de la realidad nos lleva al concepto germano del “unheimlich” freudiano de extrañeza, cuya principal conclusión es el fracaso de lo auténtico. No me mires con esa cara, Tom, que es tu libro. De aquí se podrían extraer conclusiones que circundan el concepto de “homo faber”, ausencia de sentido de la vida o el propio determinismo. La novela es una máquina para producir “lo real” que, en su propio funcionamiento, demuestra que lo real ya se ha perdido. La cotidianidad a partir de un escenario, de un “no-lugar” despojado de cualquier identidad orgánica. Como veis, ahora me dirijo a vosotros, amigos, la cantidad de asuntos que aborda esta novela la convierten en un interesantísimo debut.

Consecuencia de la tercera, pero no podéis, Tacañones, echármela para atrás, tiene que ver con el dinero como prótesis de la voluntad. El dinero será el instrumento artificial que permite que las fantasías del susodicho se materialicen sin fricción. En cualquier otra circunstancia, estos impulsos por repetir diferentes escenas se quedarían en obsesiones privadas. El capital lo convierte en una infraestructura con actores contratados, edificios comprados y rehabilitados que finalizan con el objetivo de comprar la posibilidad de fabricar la realidad. El dinero como sustituto de la imaginación. El dinero subcontrata experiencias, sensaciones e industrializa obsesiones.

No quisiera pasar por alto, Tom, la idea de que tu protagonista, tras el accidente, vive en un estado de muerte en vida, narrando desde ese espacio residual postmortem. No tenía ni idea, te lo tenías algo callado, he tenido que buscarlo en Google, que fuiste unos de los fundadores de una sociedad semificiticia cuyo nombre es Sociedad Internacional de Necronautas. ¡Para fliparlo! ¿Qué te habías tomado ese día? Una asociación semifilosófica y semi-de-todo que intenta cartografiar la muerte no desde la metáfora o la ficción, ni como símbolo, sino entrando desde la realidad propiamente dicho. Leo que entre vuestros proyectos imaginarios está la distribución de una sustancia llamada Thanadrina y, literalmente, la construcción de una nave real para llevaros hasta allí. ¿Podríamos afirmar que nuestro protagonista es alguien que trata la vida como un espacio de muerte a colonizar y, en última instancia, a habitar mediante la repetición ritualizada? ¿Estamos ante alguien que ya reside en ese territorio ignoto?

Y antes de caer en la trampa de seguir reconstruyendo tu novela a partir de mis impresiones como si de un personaje más de tu inventiva fuera, voy a ir echando el cierre. Empezaba a verme como tu protagonista, aunque con una diferencia pecuniaria. Si él tira de una indemnización millonaria, yo tiro de metáforas, ¡Te lo cambio!

Así que retiro lo de “venir a pillarte”, porque el que casi acaba pillado soy yo. Mi inocencia me ha hecho creer que de la repetición de unas ideas podíamos comprender la totalidad de tu novela. Enhorabuena, Tom. Sales victorioso. Has conseguido que incluso esta reseña funcione como un residuo más. Me voy sin un euro de indemnización y, encima, recomendando encarecidamente tu libro.