Satin Island
Tom McCarthy
Manoseo la portada de “Satin island” de Tom McCarthy y noto algo que la hace particular. Es suave al tacto, aunque agarra mínimamente el deslizamiento. Casi, casi es relajante. Casi, casi puedes adoptar este libro como artefacto de compañía.
Más allá de este primer encuentro con el libro, “Satin island” encierra todo un tratado sobre el momento en que vivimos. Del nombre del protagonista sólo conocemos su letra inicial “U” que podría darnos pie a conjeturar con el “You” inglés, un tú que apela al lector tipo y que puede servir para crear un arquetipo. Del mismo modo, esto de nombrar a personajes con sólo la letra inicial tiene su máximo referente en el K. kafkiano, lo cual puede ser otra declaración de intenciones. Y para cerrar este envite, y no sé si algo más retorcido, Ulrich, el protagonista de “El hombre sin atributos”. Creo que con todo esto podemos tener una idea de la posible intención de McCarthy. Digo McCarthy, porque esta novela bien la podía haber firmado Houellebecq, uno de los máximos descriptores del desencanto existencial de esta civilización que nos ha tocado vivir. Que si quieres pesimismo, ¡pues dos tazas dobles! Por cierto, si estiramos el chicle y el chiste, “Uelbék” también comienza por esa misma vocal. Un Houellebecq menos corrosivo, eso sí. Y, ya que hablamos de vacío vital, siempre me ha hecho gracia que Houellebecq parezca haber decidido aplicárselo también al índice de masa corporal: el hombre está “chupao”.
U. es antropólogo, pero un antropólogo poco convencional porque trabaja no en el terreno de la investigación universitaria, sino en una empresa que no se sabe muy bien para qué. Otra pista que nos muesca el houellebecq británico. McCarthy es escritor, pero también es crítico, así que en él también tenemos las dos caras de la misma moneda. Hay que estar finos para pillarle sus guiños. El mundo neoliberal se ha comido al académico. De hecho, qué son hoy las universidades en gran medida, sino factorías manufactureras de trabajadores en potencia. El jefe de U. le va a solicitar que lleve a cabo el Gran Informe, con mayúsculas, sin más explicaciones. Mis alumnos pequeños preguntarían, ¿pero con boli negro o azul? U. no pregunta ni esto ni otras cuestiones, pero se obsesiona con esta tarea misteriosa. Un concepto altamente indeterminado precedido por un pequeño y breve artículo determinado. Contradicciones aparte, poco a poco entenderemos que este gran informe amorfo y ectoplasmático será el propio libro que estamos leyendo, a pesar de que U. no será consciente de ello.
La novela que tenemos entre manos y que tanto gustico da acariciar su portada, algo oleosa -no es casual-, no es en sí una novela. Nada es lo que parece, lo cual supone esperar del lector que se encuentre en guardia. “¡En garde!”, que dirían los duelistas espadachines enfrentándose a este artilugio literario. Suerte que no tenemos que enfrentarnos a nadie. Nuestro protagónico texto está a mitad de camino entre la novela, el ensayo y el informe laboral [ No os echéis a dormir que no es para tanto]. Cierto es que, por momentos, se confunde la narración con teoría puramente antropológica. U., apasionado de Lévi-Strauss, introduce estudios del estructuralista, ironizándolos con los de Deleuze y Badiou. Todo esto, nivel A1/A2. No os asustéis. Como veis, todo muy francés.
Junto con esta concepción shakespeariana del ser y no ser, o del ser y ser lo contrario -versión shakespeariana 2.0- hay otras manifestaciones de lo que podría ser una novela postmodernista como es la ironía y el sentido del humor. Afortunadamente no todo es tedio. Como en McCarthy nada es lo que parece y a pesar de que algunos conciben la novela de tal manera; para otros se está ante una tercera vía transmodernista o neomodernista. A neologista no nos gana nadie. Estos términos no son míos, sino que, a diferencia de antropólogos como U., que prefieren simplemente la observación in situ, sí he querido hacer un poco de labor de campo. Si la diferencia se mide en “nihilímetros cúbicos”, que podría ser también el estándar de medida de Houellebecq en sus libros, yo me decanto por “Satin island” como novela postmodernista debido a la relevancia que se otorga a su tedio vital. [Zzz]. Juzgad vosotros. “Juzgad you”.
De nuevo, se juega con el proceso antropófago que el capitalismo/neoliberalismo hace de las humanidades. “Satin island” sería, en esta lectura, sería una novela sobre el instante exacto en el que universidad y empresa dejan de distinguirse. Ese caminar sin un rumbo fijo por la vida de nuestro personaje contrastará con un ir y venir vacío por diferentes ciudades del mundo, fundamentalmente por lugares de tránsito como son los aeropuertos o ferries marítimos.
Junto con el protagonista, los restantes secundarios estarán faltos de una total profundidad psicológica. Sus experiencias vitales rozarán lo infantil, a pesar de ser traumáticas (acordaos de los bailes y del zumo de naranja para cuando la leáis). El juego esperpéntico al que están sometidos nos llevará a nosotros, a los “you”, a los “U.” a cuestionarnos el texto que estamos leyendo, pero no hemos de olvidar que McCarthy es un tipo listo y no da puntada sin hilo y lo que busca es generar ese mismo tedio que embarga el texto en nosotros. Si lo que buscas es una novela con cuyos personajes puedas empatizar, nada más lejos de la realidad. La contemporaneidad carece de todo vínculo socioafectivo. Frío, frío. El personaje principal no tiene ningún tipo de anclaje emocional ni con sus cercanos ni siquiera con sus ideas que son de saldo. Propone teorías, las contradice, se obsesiona y olvida rápidamente aquellas propuestas. Las relaciones sentimentales y sexuales son planas y sus amistades se miden con mucha distancia emocional.
Yo me siento encantado con Tom McCarthy y su “Satin island”. No quiero negaros que esta novela desprende un sabor metálico que recuerda a las salas donde de extracción de sangre. Por momentos, me he sentido perdido sin comprender la tesis que se planteaba. No os dejéis seducir por esa portada satinada, deslizante, negra chapapote, salvo una mancha blanca porque todo es una paradoja. Esa facilidad para acariciar la portada no es más que una gran mentira, una gran metáfora de esa superficie lisa, sin rugosidad, que ya no admite agarre ni crítica que es la contemporaneidad [me cuesta no utilizar la entonación de “Muchachada nui”].