Lo que podemos saber
Ian McEwan
La novela de McEwan se divide, a su vez, en dos novelas que, por supuesto, aunque con cierta independencia, mantienen un estrecho vínculo. Sintácticamente podríamos hablar de una oración subordinada de 470 páginas [que haría temblar a cualquier alumno] con su correspondiente proposición causal y consecutiva. Juzguen ustedes cuál depende de cuál. Cuál mantiene el pulso a cuál.
Me resulta muy difícil resumir este libro sin revelar algún secreto, por lo que voy a intentar andarme con cuidado respetando al cien por cien el título del libro: Lo que podemos saber. Yo empezaría afirmando que en esta novela se narra la obsesiva persecución del capitán Ahab contra la gran ballena que le arrancó la pierna. Moby Dick, además de la obsesión, encarna aquello que permanece desconocido, inalcanzable e imposible de comprender. Espera, espera. Esto yo ya lo he leído en alguna parte. En Lo que podemos saber hay una obsesión. Cierto. Y también hay algo que se persigue durante años sin llegar nunca a alcanzarse. Correcto.
Nos situamos en el año 2119. Dos profesores universitarios se obsesionan, especialmente él, Thomas, con un poema supuestamente recitado durante una cena por uno de los poetas más representativos de principios del siglo XXI. Ese poema “Una corona para Vivien” es exclusivamente leído en una velada que pasará a la historia como la Segunda Cena Inmortal. Hubo una primera como es de prever a la que asistieron Wordsworth y Keats. Si Ahab tuvo su Moby Dick; Thomas Metcalfe también: el poema. Ambos descubrirán, a su manera, que cuanto más crean acercarse a su propósito, más difícil será distinguir lo real de lo proyectado sobre él.
En 2119 ese poema ha adquirido tintes casi mitológicos y de revelación de un futuro mundo distópico que tendrá su trágica confirmación en esos inicios del siglo XXII. Inglaterra es un archipiélago. El cambio climático ha dejado de ser una predicción para ser un paisaje. Hay grupos guerrilleros en las afueras de las ciudades. Y lo más curioso: nadie ha leído ni oído recitar dicho poema. No existen copias y es que ese poema son los Reyes Magos. [Chicos, chicos, si aún no habéis cumplido doce años dejad de leerme] ¡El resto se sienten, c*ño! El poema, quince sonetos encadenados, es la mayor farsa posible. Lo sé porque yo sí estuve presente en la cena, al menos como lector. Francis Blundy, marido de Vivien, y cuyas otras facetas no os quiero desvelar, aunque superes una edad pubescente para conocer secretos, es un fake. Es un gran poeta, sí; pero es un negacionista de todo lo que un siglo después se confirmará y de toda la magia bucólica que el supuesto poema contuviera. Vamos,no llega a ser un “consejos vendo, que para mí no tengo” porque se acerca más a un ejercicio de hipocresía. McEwan nos advertirá, además, de algo menos futurista de lo que parece: que nuestras huellas digitales supondrán un desnudo integral de nuestra intimidad. No hay secreto que no quede liberado. ¡Ups, que me veis en paños menores! Y en esas se moverá el libro: en descubrir verdades.
La segunda mitad del libro se centra en la relación de Vivien con varios hombres y las consecuencias de sus actos. Acordaos de que comenzaba definiendo la última novela de McEwan como un tipo de subordinada adverbial. Y sigo en mis trece, porque habrá que esperar para establecer vínculos entre primera y segunda parte pero es que, si diera más datos, os chafaría buena parte del juego que propone la novela y alguno me chafaría la cabeza. Asterisco y nota al pie de página: Recordad este párrafo y luego hablamos.
No lo he mencionado, pero Vivien ya está muerta. No porque haya sucedido ningún hecho luctuoso, sino porque estamos en 2119 y Thomas, el profesor universitario que he mencionado antes, continúa, entretanto, en su búsqueda de su Moby Dick particular y casi cuando cree que lo ha encontrado, lo que verdaderamente halla es una especie de testimonio, declaración o diario de Vivien sobre su primer matrimonio con Percy, enfermo de alzhéimer que es para mí la verdadera distopía que estamos viviendo en nuestro presente y no tanto la que tiene que ver con ese mundo corrosivo, alienado, inundado y calentado que recibe el nombre de “El desarreglo”. Qué bien me ha venido este punto y seguido. Uno tiene una edad ya y... Cojo aire. La verdadera distopía y el verdadero desarreglo es la pérdida progresiva de memoria y de la identidad de la persona. Su vacío cognoscitivo que supone la ausencia ontológica. ¿Y Francis Blundy? No os impacientéis que tendrá un papel sustancial en esta segunda parte, pero yo, respetando la magia de la Navidad y la ilusión de los niños la noche de Reyes Magos, me lo guardo. Agradeceréis esta elipsis.
Y junto a este tipo de enfermedad, otro tipo de derrota, pero a nivel global, la que tiene que ver con la crisis de las humanidades. McEwan establece así un paralelismo especialmente sugerente. Pensar siempre está en crisis, afirma el narrador de esta magnífica novela. Y quizá por eso el pensamiento histórico adquiere tanta importancia aquí: una sociedad que deja de recordar no sólo pierde su pasado, sino también los instrumentos con los que interpreta su presente.
Perdonad si he sido en exceso críptico. Gran parte de la novela pertenece a lo que no podemos saber hasta que vosotros decidáis leer Lo que podemos saber.