MINIMOSCA
Gustavo Faverón Patriau
Siempre me planteo cómo comenzar mis reseñas porque me parece la parte más complicada de todas. Con “Minimosca” no es una excepción. Lo más curioso de esta lectura es que no lo ha sido como tal. Me he sentido en conversación con Faverón y he pasado por los diferentes estadios de una estrecha relación. “Minimosca” se ha convertido en mi red social durante estos días finales de año porque me ha permitido sorprenderme, asustarme, enojarme con Faverón -sí, sí- y, por encima de todo, asombrarme. Y la conexión wifi con Estados Unidos me la han ofrecido 715 páginas Candaya. Chollazo.
¡Que no he leído el libro al estilo tradicional, leches! Que este libro no se lee leyéndolo. Que yo lo he leído escuchando a Faverón. Que sus palabras escritas eran audios que retumbaban en mí. Laberínticos. Carcelarios. Lo que Faverón no sabía es que no estábamos los dos solos en mi sillón. Estaba también mi ignorancia. Los tres muy juntitos. Yo es que tengo una ignorancia muy atrevida, pero de ella luego hablaré.
El inicio de la novela es muy loco. Las primeras cien páginas son muy oscuras y me sentí ciertamente desorientado. ¿Pero qué tiene este hombre en la cabeza? ¡Que llamen a la policía y lo detengan! Ya dio Civera en el clavo con su “que lo detengan, me ha robado la calma, se ha llevado mi alma y no me ha dejado na”. Qué, ¿lo había predicho el cantante sí o no? En mi imaginario, este inicio era una mezcla entre una peli o libro de Stephen King, pero en versión especial de Halloween de Los Simpson. Oye, no fui yo, era Faverón que me hablaba desde su cultura pop. Y que simpsonizar la vida no tiene nada de malo. A mí no me hagáis culpable.
A partir de aquí, la cosa empezó a volverse una absoluta insania donde manicomios, violencia vicaria y cierto surrealismo se hicieron patentes. Se viaja por cementerios, grietas, silencios y por lo más recóndito y obtuso de nuestras mentes. A Faverón, línea directa y telepática, le sugerí que “oye, que creo que necesito ver ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ porque creo que puede ayudarme para comprenderte mejor. Me dio el ok. De hecho, hay un momento de la película en la que Nicholson se da cuenta de que otros pacientes, unos cuantos, están ingresados voluntariamente al igual que uno de los protagonistas de “Minimosca” y que pueden marcharse cuando quieran. Que el límite entre la vesania y la cordura puede estar a veces muy difuminado. ¡Coñe, qué sincretismo más guapo! Le pedí permiso también para ver ‘Mindhunter’ porque me costaba muchísimo comprender las mentes enfermas de los personajes que iban apareciendo por sus páginas y el porqué de sus actos luctuosos. Acompañé a los investigadores del FBI en sus entrevistas a asesinos en series y, con mi lectura, acompañé a los criminales faveronianos por sus recovecos mentales. No me digáis que la buena literatura no marida bien con otras artes.
Cuando uno creía que todo esto no podía volverse más caótico y teratológico, Faverón lo conseguía y yo, mentalmente, se lo hacía saber. Claro que Faverón, a pesar de estar muy ocupado con sus cosas, tenía su momento para viajar a mi córtex frontal en vuelo charter y asentir. “¿Pues no habías leído ya ‘Vivir abajo’? ¡Qué otra cosa podía suceder, leches!” Me puse el cinturón de seguridad a pesar de -y debido a- haber despegado ya y esperé a que todo esto pudiera bramar aún más. Mercedes, en nuestra casa, me veía que estaba cada vez más horrorizado con la lectura. Lo que ella no sabía es que estaba en llamada internacional con Faverón. ¡Tranquilos, roaming activado! Lo que yo no intuí es que en nuestra conversación no estábamos los dos solos. Hete aquí que cuando uno cree que está en la intimidad de una conversación sucede lo inesperado. Que Faverón te está contando personalmente su horror vacui y tú empiezas a asustarte porque una persona normal no puede tener en la mente tanta oscuridad. Que le quiero colgar la llamada. Que yo intento empatizar con él, que de verdad que mi predisposición al libro es máxima, que trato de entender que esto es arte y yo veo nítidamente cómo Faverón descifra el terror que existe en nuestra sociedad, el terror de un siglo XX macabro y cómo ese dolor viaja desde su mente a su brazo izquierdo -yo veo a Faverón zurdo, pero tal vez no lo sea, pero es mi reseña- y nos la regala a sus lectores para oxigenarse, porque no puede permanecer en su lóbulo derecho. Sería peligrosísimo. No se puede vivir con una visión tan espeluznante, y a la vez tan lúcida, de nuestra contemporaneidad sin hacerla partícipe. O escribir un libro o ir al psiquiátrico. Elige. Guardársela para sí mismo sería, además de un acto de egoísmo, un gesto de inhumanidad. Si así fuera, tendríamos que cantarle de nuevo la canción de Civera.
Bien, gracias a Dios, Faverón se da cuenta de ello y el muy cuco escribe en la página 226 que “el libro no era más que una broma, o una novela, es decir, una broma elaborada”. “Ajá, que todo ha sido un juego. Que tú no eras así. Que ya decía yo que tenías cara de buena persona. Ojo con las buenas personas. Me ha saltado esa alarma en el móvil. Abortamos entrada en frenopático.
No quiero decírselo -aunque se va a enterar-, pero a partir de la página cuatrocientas empiezo a sufrir un bajón. Tengo mis dudas sobre si la novela no da para más. Que estamos en un laberinto del que no sabemos salir. Se lo hice saber a mis colegas de lectura para que me insuflaran un poco de vitalidad. Me ayudan, cómo no. Me dan ánimos. La salta una alerta al móvil de Faverón. Oye, que hay un lector que empieza a decaer. Que, en su ignorancia -ahora ha entrado mi ignorancia también en la conversación- se está replanteando si abandonar la lectura o pausarla. El pillo de Faverón tiene un as en la manga. Más bien un as en la página 459 y me suelta con un “que me registren. Yo no soy el autor de este libro”. Es aquí cuando me regala uno de los pasajes más brillantes del libro cuando me hace saber que escribir esta novela no tiene ningún mérito y me saca a relucir que en nuestra conversación no estamos él y yo solos -él no sabe que también anda por aquí mi ignorancia-, sino que también participa “el autor implicado”. Chúpate esa, me expele Faverón. Así que, de manera inesperada, nos encontramos los cuatro en una jaula de grillos. Que yo quería leer en soledad y, de repente, en mi casa tengo a tres personas más. Que yo invito a Faverón cuando quiera, pero que se vengan también a compartir pensamientos y digresiones un autor implicado y una ignorancia pues como que no.
Los personajes de “Minimosca” se identifican con la soledad y la alienación y nosotros parecemos el camarote de los Hermanos Marx. Y sin embargo, qué magníficas páginas metaliterarias. Como dije antes, Faverón teme al horror vacui y en su “Minimosca” cabe todo. Hasta realismo mágico, aunque bueno, él lo pasa por la tourmix y lo convierte en HORROR MÁGICO. Os juro que Faverón me tiene calado porque mi ignorancia, que paradójicamente es poco ignorante, me estaba comiendo la oreja intentando convencerme de que el autor no tenía más mérito que tener una vasta cultura. Como si eso fuera poco, añado yo. Que luego el libro va solo, me interpela. Y yo le replicaba a ella. Que no. Que este libro tiene una singularidad que no está al alcance de cualquiera. Y ella erre que erre. Hasta que Faverón me suelta un punch en todos los cataplines -ha visto mucho boxeo peso minimosca-, me coge de la solapa que no tengo y me grita con desprecio para que abandone a mi ignorancia. ¡Pero si ha convivido conmigo toda la vida! ¡Lee y calla, capullo! Me escupe malhumoradamente y, además, me avanza que van a aparecer en el libro, como complicidad a mi lectura dos de mis artistas más admirados. Que Schiele está aquí (no dejéis de observar sus manos) y que también está Reinhardt (sus negros son paralizantes). Pues me quedo; pues me convenció.
Lo que al autor no le dije es que tras este impás, tuve otra recaída que se subsanó magníficamente en las últimas cien páginas. Hemos llegado al final del libro. Exhausto, no nos vamos a engañar. Manuel, cómo lo sabías tú. Faverón actúa de serpa, me coge el petate y me facilita la subida a este ocho mil literario. Qué claridad. Desde la cumbre de “Minimosca” se aprecia magistralmente toda la brutalidad de nuestra contemporaneidad. Ni una nube en el horizonte. Cierre perfecto. Las piezas encajan. He mandado al carajo a mi ignorancia, al menos hasta el próximo libro, y reconozco que ha sido un viaje difícil. Con muchas penalidades, por supuesto las vividas por los personajes, pero también las experimentadas por mí. Que os recuerdo, si habéis llegado aquí que también tiene mérito, que flaqueé, que quise volver al campo base, pero un Faverón obstinado revoloteaba por mi psique apelando al espíritu de superación. Y ahí estoy. Reseña clavada en la cima. A merced del viento. A merced de vosotros.