a contranovela
Lincoln en el bardo - George Saunders

Lincoln en el bardo

George Saunders

7.5
EDITORIAL:
Seix Barral
AÑO:
2019
TRADUCCIÓN:
Javier Calvo perales
PÁGINAS:
448

¡Que me devuelvan el dinero porque Lincoln se deja ver muy poco! ¡Que el título me lleva a la confusión! ¡Que tú crees que es Abraham quien se encuentra allí, pero es su hijo! ¡Del Lincoln que se habla es de su hijo! ¡Que vale que la novela juegue con la idea del fantasma que viene y va por este mundo y más allá, pero esto es hilar fino! ¡Que nos han querido colar un macguffin en toda regla por la atracción que el presidente genera en los lectores! Que no, Luis. Sigue leyendo que todo tiene su explicación.

Bien es cierto que los capítulos que configuran este libro, Lincoln en el bardo, ¿veis cómo puede llevar a confusión? Si hasta la portada… Deja, calla. Los capítulos que configuran este libro son polifónicos y eso puede justificar que Lincoln se difumine. Además, no hay un narrador que subordine las voces al estilo tradicional, pero sí un coro de fantasmas: Vollman, Bevins y el reverendo llevan la voz cantante. De estos personajes se nos contarán sus vidas y los motivos por los cuales han fallecido. Del reverendo es de quien menos sabemos, lo cual producirá cierta tensión argumental al desconocer el origen de su estancia allí. ¡Que queremos certezas, Saunders! ¡Que no he comprado el libro para pensar! ¡Que es verano!

Saunders: Ya me ha tocado el cliente plasta…

¡Que me devuelvan también el dinero porque yo compré este libro pensando en leer una novela y Saunders la ha disfrazado de obra teatral! ¡Nocturnidad y alevosía! Los personajes vienen presentados por medio de acotaciones no al estilo tradicional, sino pospuestas, sin acompañar su intervención, ya que la premisa es amplificar esa atmósfera flotante de la cual también son partícipes no sólo lectores, sino también protagonistas. Que ni tenemos una acotación tradicional, ni el narrador de toda la vida, ni siquiera un diálogo convencional. Que lo que pretende Saunders es desnudar las palabras de su contenedor, de quien las reproduce, por lo que las deja fluir. Que los enunciados vayan por delante de quien habla es un ejercicio de coherencia porque son las historias las que construyen a los personajes. Incluso, toda la acción transcurre durante una sola noche lo cual nos acerca a esa idea artistotélica y teatral de unidad de tiempo. ¡Que se aclare Saunders de una vez!

Willie Lincoln acaba de fallecer y su padre, Abraham, convierte este episodio en el centro de una fantasía sobre los muertos. Al padre lo conoceremos a través de estas almas y a través de referencias históricas - ¿algunas intencionadamente falsas? - que se entremezclan en la narración para jugar con la verdad y la ficción. El presidente se convierte, por tanto, en un objeto que, tras la muerte de su hijo, es modelado a través de las miradas ajenas. Paralelamente, los muertos también confunden hechos, por lo que viven en esa misma frontera entre ficción y realidad. Lo que sucede, es que la sociedad no sabe cómo contar su propia tragedia.

¡Que resuciten con cualquier técnica narrativa, por muy chusca que sea, a los personajes que se van sucediendo por la historia, porque no tienen la certeza de que están muertos es un tongo! Qué invento es este que, tras la muerte del hijo de Abraham Lincoln, Willie, caiga en una especie de limbo, llamado “bardo” en la tradición budista y nadie de los allí presentes le informe de la triste verdad. ¡Que has muerto! “Ser” y “estar” se confunden. Que los allí presentes viven en un continuo engaño. Que nadie cree estar muerto, sino siendo clérigo, impresor, niño... Para conseguirlo, el recurso central como mecanismo de negación será el eufemismo: “Casa de piedra blanca, caja blanca, caja de enfermo”. Cada fantasma que hace su aparición está fijado en el bardo por una obsesión no resuelta que funciona casi como un guiño dantesco. El drama estallará cuando alguien oiga algo que nadie sabía aún…

Sin embargo, Abraham Lincoln, desde la distancia y a través de múltiples referencias bibliográficas de terceras personas se dejará ver en el texto representando a un padre que llora por su hijo y que encarna el duelo con la imagen que encarna el conflicto de una nación. Lincoln como sinécdoque del duelo nacional.

Uno de los recursos más singulares por los que ya sólo su lectura se puede calificar como notable tiene que ver con un uso peculiar del estilo indirecto libre. Todo el mundo tiene claro que Flaubert universalizó esta técnica. Bien, pues Saunders da un paso más allá fundiendo varias voces y accediendo a ellas directamente. Me explico: para conocer los pensamientos de un vivo, un fantasma ha de introducirse en él, a lo Ghost, para que así nos lleguen transcritos y firmados por el fantasma que los “ha escuchado” desde dentro. Magnífico. Es decir, no es un narrador invisible, sino un personaje ajeno quien tiene acceso privilegiado a una conciencia ajena. Para saber qué piensa un vivo, sólo un muerto puede llegar a conseguirlo.

Así que sí. Que le concedan todos los premios a Saunders porque, a pesar de haber comenzado quejándome impulsivamente [el cliente no siempre tiene la razón] y de haber creído que es una simple novela de fantasmas, o por haber fusionado géneros, o por moldear un estilo en otro, uno olvida todo eso para, al final, quedar la sensación de haber muy bien invertido tiempo y dinero en este libro en el que lo más importante, como siempre, será recordar a los seres queridos. Además, lo consigue sin agotar. Con ingenio e innovación. Pero que no creo que tenga la intención de crear una novela distinta, sino de plantear más dudas que certezas. Que es muy difícil afrontar la realidad sin dolor. Y, como muestra de todo ello, no salgo de la tienda únicamente con Lincoln en el bardo, sino con el propósito de continuar más pronto que tarde con la lectura de sus relatos.

¡Que viva Saunders!