Pastoralia
George Saunders
¿George Saunders es Matt Groening? ¿Tal vez lo confundas también con Seth Macfarlane, creador de Padre de familia? Lo que sí puedo asegurarte es que comparte ADN con Foster Wallace.
Si me habéis leído, sabréis que no me deleito mucho con los relatos en general pero, en este caso, tengo que formular una enmienda a la totalidad. He disfrutado con los mundos que dibuja tan cercanos a la idea de distopía; sin embargo, es una distopía en la que, en muchos casos, nos sentimos reflejados como si fuera nuestro propio mundo personal. Se trata de vidas anodinas justo hasta el momento en que salen a escena. Como sucede en Toy Story -hasta aquí llegan mis conexiones-, los protagonistas de estos textos tienen una vida ajena a la del lector que cuando comienza su lectura, in medias res, se advierte alguna situación chocante y estrafalaria que rompe con la grisura de sus vidas. Tal detonante dará sentido al texto y a su vida. Del “Veo todo en blanco y negro” de Barricada a “Tengo un tractor amarillo”, de… de… Vamos, que tampoco nos importan mucho.
En “Pastoralia”, el relato que da título a la colección, desconcertante y atractivo a partes iguales, nos encontramos en un parque de atracciones tan realista que me permite recordar lo que disfruté con las primeras temporadas de Westworld. En “Winky”, “Roblemar” y “La infelicidad del peluquero” se comparte la metafísica del perdedor como en El Gran Lebowski o Fargo. Como veis, todos viven en un mundo sin ningún tipo de aliciente del que sería difícil extraer una historia que fuera interesante. Sin embargo, como le sucede a Homer Simpson, convierte a sus personajes en arquetipos, y sus vidas en chicles que estira y estira para deformarlos en caricatura. Sin embargo, igual que nos sucede con el Peter Griffin de Padre de familia, lo que muchas veces comienza de esa manera esperpéntica, acaba en actos de humanidad y bondad. No ajenos, por contra, a la humillación. No son buenos tiempos para la lírica.
Lo sustantivo es que tras hechos imposibles como que la tía Bernie resucita en “Roblemar” hay situaciones de lo más comunes porque uno de los aspectos que une todos los relatos es que la vida es un escenario donde se proyecta la telerrealidad. La realidad deja de existir para convertirse en un espectáculo para los demás. De hecho, yo he sustentado esta teoría porque donde leo a personajes aparentemente de carne y hueso, proyecto a Homer, Leboswki o Buzz Lightyear. Es inevitable, por supuestísimo, la comparación con Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer de Foster Wallace donde la diversión está asociada a una cultura de masas alienadas.
Junto con esta sensación de estar ante un televisor, -la portada del libro podría servirnos como declaración de intenciones- confluyen otros elementos que se repiten como la sobreexplotación laboral en régimen de semiesclavitud, bien en un parque de atracciones, bien en un club de striptease. El consumismo y, muy especialmente, la obsesión por el sexo. Personajes cosificados o que cosifican en muchas ocasiones a través de una visión alterada de esa realidad. La frustración sería el término que podría impregnar todos los relatos Los personajes caminan a la deriva. Personajes que producen empatía. Sí. Bondadosos, también; que, por lo general, actúan con buena voluntad, pero que el día a día se les convierte en una apisonadora. Igualmente, son personajes solitarios, independientemente de que formen parte de una familia, cuyos hijos o hermanos se encuentran al margen de la ley. Madres incomprensivas…
Nuestros protagonistas son satélites que orbitan alrededor de este mundo frustrante, cuya fuerza les impide desengancharse: “La cascada”, el relato que cierra el libro podría ser ejemplo tabién de ello. Sin embargo, muchas afirmaciones escritas para que nos llegue un “sinembargo” que nos rebata todo lo dicho. Sin embargo, insisto, todo este mundo degradado y grotesco está altamente institucionalizado. Las relaciones personales son absurdas, el trabajo es absurdo. Los diálogos también lo son. Mis impresiones también, pero todo el mundo sigue mirando hacia delante. Atrocidades, comportamientos irracionales y estupideces se presentan con una naturalidad desconcertante.
Con todo esto, nos embarcamos en un libro cuyos textos tragicómicos esbozan sonrisas por sus salidas de tono, pero que pronto mutan en llanto al observar que son intentos desesperados de salir de esa clase social estancada, que sufre penurias y que esas desgracias siempre van acompañadas de otras nuevas.
Y es que, para sonreír y tener un descapotable, muchos tienen que conformarse, desgraciadamente, con un tractor amarillo [Ya lo decía mi madre]. O si no, el blanco y negro de tu día a día emergerá porque sé que es un baile salvaje, combate a mala cara, veo todo en…