a contranovela
John, hijo de John - Douglas Stuart

John, hijo de John

Douglas Stuart

6.9
EDITORIAL:
Random House
AÑO:
2026
TRADUCCIÓN:
Francisco González
PÁGINAS:
471

Os hago un espóiler: la sensación final es la de estar ante un libro más maduro que sus anteriores y que me ha convencido. Sin embargo, durante más de doscientas páginas he ido un poco perdido y, sobre todo, a trompicones. Fundamentalmente, la culpa es mía, pero aprovecho para plantearos una duda. Con todos ustedes, comienza “la reseña-encuesta”.

¿A vosotros os ha sucedido que no os encajan los nombres de los personajes con sus propios rasgos? Yo he ido más perdido que el presidente de la CEOE en un turno de noche. Voy a intentar justificarme.

John, hijo de John que, como ya dije en alguna ocasión, es un título soberbio, tiene como protagonistas a John y a John. Para evitar confusiones, uno de los dos tiene que llamarse -muy oportunamente- por su segundo nombre. Lo lógico sería, creo yo, que fuera el padre quien se llamara Cal, de Callum, ya que además el John primero del título, el John filial, es el núcleo sintáctico. Cosas de profesores de Lengua. Sin embargo, John será el padre y Cal será el hijo. Mi primer tropiezo. Además, Cal, nombre inequívocamente escocés, me suena a Karl o Carl, como más de padre. La abuela, cuyo peso en la novela es importante, es Ella, pronunciado “El-la”, pero era inevitable que yo leyera “ella”, lo cual, a veces, suponía otro palo en la rueda de mi lectura. El cuarto protagonista de esta novela casi coral es Innes, amigo del padre. Lo habéis adivinado. Yo leía Inés. Entre mi torpeza y la desorientación que lleva Garamendi trabajando de noche, ya no supe si era hombre o mujer hasta bien entrada la trama. Repito que todo esto son síntomas de mi ineptitud y cierta presbicia intelectual. Pero el baile onomástico no acaba aquí. Doll es hombre. Lo acepto. Mea culpa por confundir. Pero es que hace unas semanas había muerto Dolly Parton, así que si yo leía Doll, me venía a la mente “I Will always love you” y acababa rindiéndome ante mi guardaespaldas. Y ya para rematarlo, mi dislexia nominal no acaba aquí, sino que alcanza al propio autor, Douglas Stuart, aunque para mí era Stuart Douglas. Podría seguir, no creáis, porque Bess quién es. Mujer u hombre. ¡Pues es el perro!

Una vez que reconstruí mentalmente el mapa de los personajes, la novela comenzó a interesarme más. Imaginad que leo que Bess acompaña a las ovejas. Hasta ahí cobra sentido, pero que unas páginas después relama a su dueño desconcierta, ¿no? Y si su dueño que es John, ¿pero John no estaba de fiesta? En fin, que finalmente logré entrar en la historia y ahora sí entro en la reseña si a estas alturas no me habéis cambiado el nombre por el de Rollero.

John (Cal), hijo pródigo, regresa al hogar familiar tras una etapa universitaria en Glasgow llena de fracasos impuestos y sueños no cumplidos. El hogar familiar, apenas a cuatrocientos kilómetros de allí, pero a siglos de distancia en su forma de entender el mundo. Entremedias, el océano. Entremedias el purgatorio. Para hacerse una idea de lo que supone al protagonista volver a Falabay, un pequeñísimo emplazamiento de casas salteadas en un pequeñísimo pueblo en una de las pequeñísimas islas del archipiélago que conforman las Hébridas nos bastaría ver una temporada de Shetland o visitar los pueblos de Teruel “que sí existen”, aunque el océano que los separe sea calizo y arcilloso. Junto con ovejas, acantilados y lluvias en diagonal, conviven la hipocresía, la religión, la homosexualidad, la heterosexualidad casposa, la heterosexualidad sin adjetivos y el inmovilismo. En este Jardín de las delicias gaélico coinciden quienes sueñan huir al paraíso con los que se convencen de que el infierno son los demás. Y claro, en sociedades donde todos se conocen salta la chispa y si no que se lo pregunten a la vieja guardia de Podemos.

La rigidez calvinista que alimenta la vida de los personajes de esta pequeña comunidad se vence con la impostura. Todos los personajes esconden secretos o mienten directamente. El mecanismo que dirige sus vidas está imantado a la tierra que los vio nacer. Ultramar es la tierra prometida para los más jóvenes o para los que han visto que su vida no tiene sentido y huyen como último recurso frente a “los viejos del lugar” que ven su mundo tambalearse. Dos formas de vivir y dos formas de mirar un mismo cuadro. Lo único en lo que coinciden es que entre ambos está la laguna Estigia con su Caronte esperando a que alguien decida dar el salto bien hacia la esperanza, bien hacia su mutilación.

Y yo me llamo Luis y soy hijo de Luis; aunque mi padre es José Luis y así no os confundís. Quizá, por eso, después de tanto lío con los nombres, he acabado pensando que el título era todavía mejor de lo que creía. Porque John, hijo de John no consiste sólo en un hijo que regresa a casa, sino que trata de lo difícil que resulta dejar de ser quien otros quieren que seas. Que Cal puede construirse una vida nueva, pero hay nombres que pesan más de lo que el registro civil afirma.

Douglas Stuart (que no Stuart Douglas) coloca a sus personajes en ese momento incómodo en el que uno descubre que para marcharse de un lugar basta un ferry, pero para conseguir que el lugar se marche de ti hace falta bastante más. Ahora puedo comprender por qué tardé tanto en saber quién era quién. Ellos, por el contrario, llevan toda una vida preguntándoselo.