a contranovela
Una sala llena de corazones rotos - Anne Tyler

Una sala llena de corazones rotos

Anne Tyler

6.3
EDITORIAL:
Lumen
AÑO:
2000
TRADUCCIÓN:
Ana Mata Buil
PÁGINAS:
200

Voy a intentar explicarme huyendo de posibles ambigüedades y si caigo en ellas, intentar levantarme y razonarlas.

Este libro, en mi humilde opinión, se ha quedado en el camino de convertirse en una novela mayor. El uso del adjetivo “mayor” es consciente y no casual porque, creo, que en sus páginas existe un potencial que no llega a desplegarse. Parto de la premisa de que, siendo una lectura fluida, el proceso creativo de construcción de los personajes no ahonda lo suficiente en su exploración o, al menos, en la que yo quisiera. Del protagonista podríamos elaborar páginas y páginas sobre su personalidad si quisiéramos. Correcto. Porque es evidente que se pueden destilar muchos caracteres en los que este, o un ser humano cualquiera, se encuentre encasillado, pero vengo -no del futuro como en el anuncio de la lejía Neutrex- de leer una novela como la de Scott Spencer en la que se tira trescientas páginas alimentando la idiosincrasia de su protagonista. Que sé que una novela no requiere necesariamente de descripciones minuciosas ni perfiles exhaustivos para dotar de vida a sus personajes. Que la personalidad puede revelarse a través de la mirada indirecta o de quienes nos rodean. Lo sé, también. Sin embargo, conforme leía esta novela de Anne Tyler e intentaba explicarme a mí mismo esto que estoy intentado haceros llegar, me venía a la mente la imagen de aquel surfista que, tal vez, hayáis visto en una piscina artificial de olas en un canal de Rotterdam o de Múnich, por ejemplo. ¡Sí, ya sé que la comparación es arriesgada! Como que te puedes caer de ella y lesionarte. Voy a ello.

Mola lo que hace ese surfista, ¿verdad? ¡Joer, pues mola mucho! ¿Y todo el mundo es capaz de cabalgar este tipo de olas rápidas y artificiales? ¡Pues claro que no! ¡Pues son unos molones y, por eso, la gente los aplaude! ¿Pero cuál es la foto que se lleva el premio? ¿Dónde le gustaría a todo surfista ser coronado como rey del surf? Pues en Hawái o en una playa paradisiaca de Bali. Pues bien, esa es la diferencia entre este libro de Anne Tyler y el proyecto de lo que podría haber sido. Que Anne Tyler surfea conforme la ola se está formando y que aguanta con soltura en la cresta apenas unos segundos. Que no hablo de postureo ni de filtros de Instagram, sino de un mayor proceso de construcción del personaje. Y que ojo, que muchos escritores no son capaces, la mayoría, ni de levantarse de la tabla. Que muchos adolecen de reumatismo literario. Y es que, por una vez contradigo la máxima de Mies van der Rohe de “menos es más”. Y este libro ojalá hubiera sido esa adición. Yo hubiera querido saber más.

Y tanta justificación para dejar claro que, a pesar de ello, lo he pasado bien. Que me hubiera gustado pasarlo mejor y que me hubiera gustado chafardear más sobre la vida de Micah Mortimer. ¿Y de qué trata este libro? Pues de un hombre joven cuya vida es, no sé si la intención de la autora sería definirla como plana, porque a mí me resulta todo lo contrario, cómoda. ¿Acaso seré yo también un somarda como el protagonista? Bien es cierto que sus relaciones han fracasado una tras otra, pero parece que tampoco es algo que le genere un sentimiento de culpa. No obstante, no es tan cierto lo que estoy señalando porque llegará un momento, casi podría hablar de una elipsis, no tanto en cuanto a omisión de sucesos, sino de pensamientos en el que se producirá un giro. Sabemos lo que piensa. Sabemos lo que le sucede, pero su momento último flâneur -no tanto caminante, sino runner- le limpiará la mirada para tomar una decisión un tanto inesperada.

Me gusta que, de la intención de la autora, pese a cerrar la obra con un final y una intención en principio unívoca, se puede extraer una doble interpretación. Si yo como lector le diera la vuelta, lo que se ha podido convertir en una victoria personal y una lucha contra la tecnificación y deshumanización del mundo, también se podría entender como una derrota por el hecho de sucumbir ante una sociedad cada vez más cartesiana carente de personalidad. Incluso, si la intención de Tyler era la de sucumbir ante el poder de una sociedad posmoderna, también somos capaces de ver un rayo de esperanza. Por tanto, juzguen ustedes mismos. Aquí, igual que dije lo uno al principio, digo lo contrario y muestro mi respeto por intentar alcanzar una respuesta y su contraria. Dependerá de la mirada de cada uno con sus experiencias e inquietudes lo que haga inclinar la balanza hacia una lectura más personalizada.

Bueno, voy a dar algún aporte más por si alguien quiere leerse el libro y que derive este monólogo mío en un diálogo de lo más enriquecedor. Ya os he señalado a Micah. Micah podía haber sido un informático de éxito, pero para evitar ser devorado por la velocidad de este mundo líquido abandona ese futuro prometedor para dedicarse a solucionar problemas informáticos sencillos y caseros. Sin producirle quebraderos de cabeza. Se hace llamar laboralmente TECNOERMITAÑO, lo cual ya es una muestra singular de sus intenciones. Su vida, ya os dije que, vista con los ojos de una sociedad a velocidad x2 es anodina. Vista a velocidad normal es cómoda. No obstante, la posmodernidad engulle a todos aquellos que quieren confrontar ambas velocidades y lo normal es que acaben siendo triturados por esta máquina capitalista. Añade a esto, la incomunicación o la banalidad que destruye las conversaciones o las convierte en inanes. Nos anticipa, además, una posible generación de cristal que huye de los problemas o que decide vivir una realidad paralela. Es el caso del sobrino de Micah o el de Brink, hijo de una exnovia de la universidad. Que, por cierto, acabado el problema que le surge, desaparece de su vida y ancha es Castilla marginando “lo que un tipo desconocido hace por él sin esperar nada a cambio”. Pues eso: nuestra sociedad. La novia de nuestro protagonista, Cass, tampoco es capaz de enfrentarse a los problemas y mantiene una actitud que, en ocasiones, es más propia de sus alumnos de primaria que lo que se espera de un adulto. Como veis, este libro se fundamenta en ser una crítica sutil a los frágiles pilares que tambalean nuestra sociedad contemporánea.

Como veis, el terreno por donde se maneja este libro tiene que ver con el concepto de cotidianidad entendiéndolo tanto como refugio como prisión. Es, por tanto, un espejo donde se refleja una de las preguntas que quiebra el designio de la vida actual. ¿Es la cotidianidad el terreno inevitable donde tenemos que encontrar el sentido a la vida o, por contra, un obstáculo para vivir con plenitud? El libro tiene miga. Incluso podríamos considerar la novela como un manifiesto ante el concepto de existencia menor que supone la repetición de la contemporaneidad. Que mantener el equilibrio sobre la ola con dignidad no es moco de pavo. Pero eso sí. Esa foto guayona en Instagram en una playa paradisíaca con una ola tubular te hace conseguir miles de likes. Sí, ya sé. Que Anne Tyler no necesita fardar de nada. Que ya tiene su obra construida, pero a nadie le amarga un dulce y estar en Waikiki tiene su aquel. Joer, que me he ido del tema. Me lo estaba imaginando ya. Ya me veía con el collar de flores e, incluso, me habían crecido unas greñas rubias con mechas. El milenario que diría Arrabal.

¡Eh, tú! ¡Despierta! Pues eso. Que aquí podríamos reverenciar que este dolor de muelas que es la alienación del ser humano se podría relacionar con la idea de sociedad líquida de Bauzman, la hiperactividad y sobreexplotación de Byung Chul-han; pero me quedo con la idea apocalíptica -he utilizado este adjetivo hiperbólico por si alguien se estaba echando una cabezadita- de accidente integral acuñado por Paul Virilio y asociado a ese mundo tecnológico al que pertenece Micah, pero al que también desprecia, cuyas interconexiones hacen aflorar las debilidades del ser humano -como les sucede a los clientes de Micah que se ahogan en problemas minúsculos-. Micah, por su parte, se anticipó a ellos. Se alejó cuando vio los derroteros que estaban tomando las nuevas tecnológicas, pero no las despreció en su absolutez, ya que las viró a su favor convirtiéndolas en su modus vivendi.

Y quiero finalizar con una cuestión que me asoma desde hace días. ¿Es el concepto del desconcierto una de las constantes más visibles en la narrativa actual? Podemos movernos en el posmodernismo experimental o, por contra, en el realismo cotidiano de Anne Tyler, pero en gran parte de sus novelas, sus personajes caminan a tientas lo que hunde sus raíces en la crisis del ser humano. ¿Mostrar la fragilidad es una forma de interpelar al lector y, a su vez, una manera de denunciar las condiciones sociales que generan dicha incertidumbre? Pensemos en ello. Tengo la impresión de que la literatura actual parece optar por el retrato de un hombre desorientado. La vulnerabilidad, la ambigüedad y la incertidumbre constituyen hoy un terreno estético fecundo. Si el escritor portugués Miguel Torga acuñó la idea de que lo universal es lo local sin paredes, nosotros podemos afirmar que esa nueva situación común a todo ser humano se vive de puertas para adentro, introspectivamente, convirtiendo a los personajes en modelos aislados carentes de emociones. Quien se aparta de esta máxima no sale en la foto más chula del verano y hace falta coraje para mantenerse al margen de este escaparate. Y hasta aquí.