El museo de la rendición incondicional
Dubravka Ugrešić
“El museo de la rendición incondicional” ha supurado en mí un constante ir y venir de impresiones. Es mi segundo Ugrešić. Si pretendéis leer este libro -yo lo recomendaría- hay que tener claro qué es lo que tenemos entre nuestras manos. Por supuesto, no penséis en una novela. Ni en un ensayo ni una crónica. Es, ante todo, un proyecto inacabado. ¡ Otra vez me dan manga por hombro! La autora, al igual que reproduce en “El ministerio del dolor”, emigra tras la guerra de los Balcanes. Su vida da un giro absoluto -como no puede ser de otra manera- y lo fielmente asumible se transforma en múltiples incertidumbres. A partir de este momento se convierte en una expatriada siendo su supuesta patria una cicatriz que separa dos bandos: unos supuestos buenos y otros, malos.
Ugrešić no participa de ello. A Ugrešić no le interesa esta visión tan pueril y maniqueísta. Lo que va a plantear en este libro es un collage de retazos, liliputienses, de momentos en apariencia circunstanciales y anecdóticos que serán los que verdaderamente automatizarán su hipocampo segregando, a través de la palabra escrita, recuerdos y emociones. Y es que Ugrešić escribe, a diferencia de muchos escritores, ladeada. Escribe en un escorzo nervado casi en postura fetal que le permite observar la realidad desde su palo corto, donde nadie se lo espera. Y es que tengo claro que es zurda. Zurda de pensamiento. Zurda escribiendo en un pupitre para diestros, forzando la muñeca y enroscando el cuerpo como si quisiera volver al lugar de donde provino. Quien escribe así, no sólo ve de lado: intuye lo que el ángulo recto no revela. Puede sonar a tópico, pero con esta postura tan incómoda dibuja una contorsión con la que se niega a enderezarse hacia lo establecido.
Y me ha costado entenderlo. Y hago aquí una pausa. Inspiro y espiro. Tuve una pequeña pájara. Aquí hemos venido a ser sinceros. Yo miré face to face a este libro y, tras unas primeras páginas muy líricas, comienzan unos párrafos con los que no me siento interpelado. Fue un lapso breve hasta que comprendí que nada es lo que parece. Ugrešić nos lo advierte, ojo. Tras unas primeras páginas de recuerdos, aparentemente intrascendentes, comienza a transcribir un diario. Pronto el diario se desvanece. Memoria e identidad entran nuevamente. Recuerdos y viajes. Fotografía. No existe un rumbo coherente. O eso creía. Error mío, porque mi vista es frontal. No me habían enseñado a mirar sólo con el ojo izquierdo. A la remanguillé.
Luego comprendo que para realizar una lectura plena no es únicamente necesaria leer sus páginas, sino que también se puede leer con el libro cerrado porque su lectura exige únicamente de respiración. De hecho, en los ínterin entre lectura y lectura, se ha ido tejiendo su esqueleto. En esos huecos he ido conformando una lectura paralela que me ha permitido estructurarlo de manera mucho más organizada. Y es que una de sus virtudes -parece una contradicción y, si embargo, es una virtud- es que su escritura lateral, hace que sea un texto renuente en muchas cosas. Muy incómodo por momentos. Ciertamente desorientado (el libro y yo). Una vez que parcheé mi ojo derecho, et voilà, todo adquirió sentido y comencé a disfrutar de esa comezón en forma de paradoja. Orbita una galería de personajes que acompañan a Ugrešić por diferentes países del mundo y, sin embargo, en el libro se transmite mucha soledad. Amores, desconocidos, amigas y colegas de profesión, familiares. Un ir y venir de personajes que se desvanecen de la vida de la escritora del mismo modo que su país, Yugoslavia, desapareció. Una polifonía de personajes que no ahuyentan el silencio y que no habitan ningún tipo de pertenencia.
Berlín será la ciudad que más peso recoja en estas páginas, porque Berlín es una ciudad fantasma. Construida de las cenizas y mapeada por locales de exiliados. Allí se encontrará con turcos, serbios, polacos, pakistaníes. Todos en una huida permanente. Hay cierto rumbo fanstamal, difuminoso en estos personajes sin brío cuyo caminar ejemplifica perfectamente la alienación del ser humano. Todo es carencia porque les han desterrado del su identidad. Sólo queda la memoria y la fotografía del recuerdo.
A partir de aquí, más fragmentos aparentemente deslavazados, aunque yo he sido entrenado en una mirada periférica que me permite seguirle el juego y conformar el álbum de los sentimientos y sensaciones de Ugrešic. Cierro el libro, pero su lectura latente continúa unos días más hasta una nueva lectura. No tardaré mucho porque no quiero perder ese cosquilleo.