Nuestras veladas
Alan Hollinghurst
¿Es posible que la lectura de un solo libro de Alan Hollinghurst dentro de todo el conjunto de su obra, dé muestras de que estamos ante, muy posiblemente, subrayo, uno de los mejores escritores vivos del momento? Suena a afirmación pretenciosa, algo hiperbólica, así como a estrategia comercial, lo sé. Muy posiblemente caiga en lo erróneo si os preguntara a cada uno de vosotros; pero el simple hecho de plantearlo me indica que estamos ante una de las novelas del año y uno de los escritores más representativos de la literatura europea de principios del siglo XXI. Me estoy refiriendo a la novela Nuestras veladas del autor británico, ya mencionado, Alan Hollinghurst.
La historia se podría resumir enlazándola con una de las múltiples definiciones del concepto de literatura. ¿Qué es literatura? Pues entre otras posibles interpretaciones, una mirada retrospectiva al pasado en la que se ordena todo lo que carecía, en ese momento, de orden. De convertir el tiempo vivido en relato, otorgándole cierta forma acorde con dicha existencia. En el caso de Nuestras veladas, esa mirada rebobina la vida del narrador y protagonista, David Win, a lo largo de seis décadas encuadrándola entre los años sesenta y el Brexit.
David Win dedica toda su vida al teatro. Paradójicamente, mientras en el escenario se exhiben sus continuos desnudos, es en su vida ordinaria, desde ya los tiempos de la escuela, donde tiene que ir acopiándose de capas y capas de ropa convirtiéndolas en una coraza ante las diferentes situaciones de marginación que sufre. Este sería uno de los temas más controvertidos de la novela. No os he contado todavía que David Win proviene de una familia monoparental. De origen humilde y mestizo. De madre británica y padre birmano, aunque desconocido. Además, y como suele ser común en las novelas de Hollinghurst, su protagonista es homosexual, lo cual le convertirá en diana fácil en su escuela para padecer acoso. Con este cóctel, tenemos una novela en la que el protagonista ha de esforzarse por representar en todo momento una pureza británica por encima de la de los demás porque siempre será cuestionada.
Junto con esta idea tan purista de que los europeos, en este caso los ingleses, cumplen exclusivamente un canon físico más propios de otras épocas, David Win tiene que hacer frente, a pesar de nunca haber pisado suelo birmano ni mantener, ni mucho menos, ningún vínculo con su familia asiática, a un catálogo de prejuicios que lo sitúan en un continuo entredicho. Junto a esta microagresión, otras relacionadas con su orientación sexual, su condición obrera, pues es estudiante becado tanto en uno de esos colegios prestigiosos como en un college en Oxford. De esta habilidad especial para actuar en su día a día, surgirá de forma inconsciente su interés por el teatro y el mundo cultural, debido a esa necesidad de tener que representar una vida que otros decidan por él.
Frente a él, su posible némesis suya será Giles Hadlow, el hijo de un matrimonio rico y filantrópico que beca a jóvenes para cursar estudios en centros privados y elitistas. Uno de ellos, como os podéis imaginar, es nuestro protagonista. Sin embargo, Giles representa todo lo contrario, y ese contraste se transformará en un desprecio hacia David. Un joven aturullado, que ejerció bullying sobre David, sin ninguna pretensión cultural, pero que acabará muy bien relacionado y convertido en el equivalente a un ministro de aquello que ningunea: ministro de Educación y Cultura; y que se transformará en el estilete del euroescepticismo, el cual considerará cualquier proyecto de integración europea un anatema. Vamos, que su motivación fundamental es el Brexit. No es que aparezca en muchas ocasiones, pero sí su sombra será especialmente alargada, pues la marca de abusos que dejó en David es imborrable a lo largo de su vida y de nuestra novela. No hay retrato más fiel de nuestro presente que este traspaso del matonismo de patio de recreo a la vida adulta.
Además de estas situaciones que modelan la vida de un tímido David Win, este recorrerá mentalmente sus relaciones amorosas, sus frustraciones, sus intereses culturales y los miedos que cualquier joven multiplicado con lo arriba mencionado acapara. Por supuesto, ya dijimos que sus experiencias vitales no se centran únicamente en su etapa juvenil y de principios de madurez, aunque sí será la más significativa, pues es la que irá modelando, con una absoluta maestría por parte del autor, a nuestro protagonista. A partir de aquí, incluimos sus inicios en el mundo de la actuación, ya mencionados, casi siempre encasillado en personajes orientales, sin serlo él, y donde vive ciertos desplantes en materia sentimental y laboral. Curioso que la sociedad le exija demostrar una y otra vez que ha de ser muy inglés, mientras que el teatro lo escoge precisamente por no serlo.
Una vez establecidos los mimbres que tejen la obra que encarecidamente os recomiendo, no me gustaría eclipsar lo que para mí es el verdadero acontecimiento de la novela: cómo escribe Hollinghurst. Porque, si os fijáis, la historia podría considerarse una historia más de formación, lo que los puristas llamarían bildungsroman. A partir de la muerte de su mentor y protector, tira del hilo de un recuerdo que va superponiéndose dando lugar a un ovillo. Sin embargo, pese a la aparente cotidianeidad de los hechos, tenemos la impresión de que siempre está ocurriendo algo.
Quizá esté aquí una de las razones por las que me ha parecido Nuestras veladas una novela extraordinaria. Que sin tener nada que ver con el protagonista, que sin haber experimentado o sufrido ninguna de las experiencias que David Win cuenta, yo me haya sentido reflejado en ellas. Que no han sido necesarios grandes acontecimientos. Que sus recuerdos no son actas memorialistas, sino que recupere aquello que el tiempo dio por perdido, pero que él ha decidido conservar. Años que desaparecen, relaciones que encontramos, personajes que van y vienen. Multitud de espacios vacíos que, como lectores, hemos de reconstruir. La elipsis será fundamental como recurso de formación. Unas escenas quedan entre bastidores y otras se representan. David dedica su vida al teatro para así, representar narrativamente su propia experiencia.
Y para finalizar, la habilidad de no supeditar las situaciones sociales al personaje. Por estas páginas pasarán, lentamente, los cambios en cuanto a aceptación de la homosexualidad, el racismo, las diferencias de clase, de educación, la cultura y, para acabar, el Brexit. Un recorrido absoluto por los últimos sesenta años. Sin embargo, el protagonista no abandera ninguna de estas causas, sino que la historia está ahí, simplemente, porque David ha vivido en ellas. Forma parte de este cartel al que todos tenemos entrada y con la que rompemos la cuarta pared para poder así ver su representación, pero también nuestro papel como actores involuntarios. La historia de David Win es una más, como es la nuestra o la de nuestro vecino de butaca.
Mantenemos silencio que el espectáculo va a comenzar.