a contranovela
NOG - Rudolph Wurlitzer

NOG

Rudolph Wurlitzer

6.0
EDITORIAL:
Underwood
AÑO:
2017
TRADUCCIÓN:
Rubén Martín Giráldez
PÁGINAS:
190

Terminada “NOG” de Rudolph Wurlitzer. Un libro que plantea más interrogantes que certezas. Un libro gruyer. Muchos huecos que el lector deberá decidir si rellenar o no.

Lo primero que he de advertir es que mi intención no es que se extraiga una opinión favorable o contraria. Eso juicio corresponde a aquel o aquella que quiera acercarse a su lectura. Es más, yo diría que no se ha de pretender concluir si la novela gusta o no. No es esa la propuesta porque “NOG” es, más bien, un reto. Esa es la decisión que tenéis que tomar si no la habéis leído aún. ¿Me quiero enfrentar a este tipo de novelas incómodas? La decisión es vuestra porque los interrogantes serán más que las seguridades. Dicho libro es meramente un objeto instrumental. Lo que prevalecerá es la música que surja de él. De vosotros dependerá concluir si hay melodía o no.

El hilo argumental es sencillo. Por muy posmoderna que sea, por muy apreciada por Pynchon, es una novela cuya trama es inteligible. De sintaxis sencilla con frases breves y no complejas. Ahora bien, la tendencia común de todo lector es la de establecer vínculos entre los diferentes acontecimientos que se van produciendo con la esperanza de llegar a la comprensión de un final. ¿Qué sería de un GPS si no nos ofreciera la referencia de llegada? Siri se iría al garete. Nuestro cerebro tiende a suturar todos aquellos vacíos que se establecen en la narración. Al no poder cubrirlos, el esfuerzo hermenéutico será mayor porque este texto es un duelo entre la razón y la conciencia. ¿Te atreves a batirte? Para ello, tu arma será la lógica. Te anticipo. No te servirá, lo cual supone un hándicap al lector.

Eso es “NOG”: una elipsis preposicional. Para más exactitud, y formulado de forma lingüística, una elipsis direccional (a, hacia), en favor de una locativa (en). La trama de “NOG” no se dirige “a/ hacia” ningún lugar, sino que permanece “en” un estado. Por mucho desplazamiento que haya, este es intrascendente. El lector medio, como es lógico, busca en la historia esa confortabilidad que lo lleva en volandas a lo largo de las páginas. Esto no sucede aquí. El inicio es in medias res, por lo que desconocemos cualquier antecedente que exista. Wurlitzer rehúsa el contrato clásico de la novela realista del quién, cuándo y dónde. Nuestro protagonista, que para más inri es un narrador no fiable, se halla en una playa. Este sería nuestro punto de partida. Nos relata anecdóticamente quién es el tal Nog y nos hablará del pulpo falso y famoso que compró y con el cual engaña a niños y adultos. Si Hume -el filósofo- leyera esta novela, se llevaría las manos a la cabeza porque tendría que reescribir todo su sistema filosófico, ya que dinamita la confianza en la relación entre causa-consecuencia. Los hechos que se nos van narrando se contradicen y saltan sin establecer correlaciones, que es donde la novela encuentra su singularidad.

Lo del pulpo tiene para darle de comer aparte. No es el Pulpo Paul, pero igualmente generaba negocio para algún listo. Es un pulpo falso, de atrezo, que enseñaba, primero Nog y luego “no-sé-si-también-otro-Nog” a niños y a turistas en ferias haciéndoles creer que era de verdad. Y no hay más. Prefería al Pulpo Paul que, al menos, “acertaba” los resultados del mundial. ¿Hipótesis? Pues la que se os ocurra. Nadie dijo que esto fuera fácil. Yo me decanto más por la idea del pulpo como correlato de una identidad que tampoco tiene una estructura firme. Nog y pulpo como dos formas de nombrar el mismo vacío. De hecho, en Reino Unido, esta novela se publicó como “The octopus”.

Mi siguiente duda es aún más elemental. Tiene que ver con entender quién nos relata la historia. Ya lo de para qué y por qué, pronto lo desestimé. “NOG” es una novela contracultural que quiere romper con la cultura convencional. Wurlitzer forma parte de ese grupo de escritores malditos como Kerouac o Cassady, por lo que estamos más bien ante algo o alguien que podría estar bajo los efectos de las drogas o sometido a un estrés postraumático (esta impresión es ciertamente presentista porque este estrés no se diagnosticó hasta los años ochenta, siendo esta novela de 1968). Otros aspectos que la unen con la literatura underground serán el viaje como forma de vida y el rechazo a la sociedad de consumo. Por tanto, mi primera conclusión es que quien nos habla no es una persona, sino una conciencia muy posiblemente con ciertos brotes de enajenación: hay pérdida de límites personales, disolución del individuo y estados paranoicos. Conoceremos nuevos personajes en situaciones ilógicas. Careceremos de cualquier tipo de información sobre Meridith o Lockett. ¿Tal vez todo sea un viaje alucinógeno? Muy probable. No estaría nada mal leer “NOG” sonando The Doors de fondo en clara sintonía con la búsqueda de la infinitud a través de la percepción adquirida de manera artificial y sicotrópica. Nuestro narrador se identificará en determinados momentos con Nog. ¿Quién es Nog, por tanto? Otras veces dirá que él es Lockett y otras, incluso, que es Meridith, lo cual, os podéis imaginar, perturba un poco, aunque quién dijo que fuera fácil esta lectura…

A pesar de todas estas extrañezas, la novela avanza y lo que comienza siendo una road movie (robos, carretera, sexo y experiencias ultrasensoriales) se transforma en un western. Por si no lo sabéis, Wurlitzer desarrolló una carrera como guionista de Peckinpah y que el “Dead man” de Jarmusch es una apropiación poco amistosa de un guion de nuestro escritor. Con esto qué os quiero decir. Que los personajes que os he mencionado, que serán los que sostienen la novela son personajes solitarios, encaminados al desastre, incomprendidos y violentos. Las diferencias con respecto al western tradicional -como no puede ser de otra manera- es que no se dirigirán al oeste y que no pretenden alcanzar ningún tipo de mística o sueño. No hay rumbo, sino deriva. Y en este vagabundeo recorreremos montañas, colinas y pueblos en la mayoría de las ocasiones con el único fin de desestabilizar al lector.

Si esta novela, la analizáramos desde una perspectiva más contemporánea, estaríamos muy posiblemente ante una experiencia en la que utilizaríamos como gadget unas gafas de realidad virtual, donde los personajes aparecen y desaparecen sin establecer relación con ellos. Nuestra tercera persona protagónica huye del diálogo -no lo hay prácticamente-.

En esta búsqueda de respuestas a la que me impela esta lectura, me surgirán exponencialmente otras preguntas. ¿Estamos ante una novela de cierto carácter ateo o es plenamente espiritual? ¿Hay una intención de marcar una cosmovisión determinista por parte del autor o librealbredista? ¿Por qué pienso esto? Pues por esa aparente ruptura del binomio causa-consecuencia que incardina los acontecimientos. Si no hay razonamiento, si se carece de cualquier tipo de lógica, tal vez, no intente describir únicamente una mente dañada, sino la solidez del yo frente al ente superior. Frente a la idea clásica y algebraica de la concatenación de hechos, no hay tal y el mundo es un caos. Ahora es cuando POZI (el de Crónicas marcianas) me preguntaría: “Ama Rosa, ¿te has fumado un p0rr0?”

La novela no acabará aquí. Viajará en barco con Meridith (fornicio, ensoñaciones...). Surcará los mares, océanos y regresará a Nueva York, destino final de su viaje odiseico. Ahora queda para vosotros el desafío.