Elegía para un americano
Siri Hustvedt
Uno comienza a leer a Siri Hustvedt y de repente le nace de sus posaderas un sillón orejero y, al lado, una chimenea. Aunque sea plena ola de calor, da igual porque no la sufres, y es que Siri Hustvedt es muy confortable, así que uno le agradece que ofrezca toda la ergonomía para su lectura. Ya tenemos el nuevo anuncio de Ikea.
Elegía para un americano, segunda vez que me la leo -y yo sin recordarlo hasta que llevaba cien páginas leídas-, puede sintetizarse de diferentes maneras. Podría ser considerada como un homenaje al padre, y no caeríamos en ninguna incorrección porque, de hecho, en el epílogo lo reconoce e incluye a lo largo de la novela, fragmentos escritos de su puño y letra. Sin embargo, allá por la página 275 de la edición que manejo da con la que creo que es otra de las claves: “la Bestia de la melancolía”. Y es que en Elegía para un americano todos los personajes han sufrido la amputación de una de sus extremidades, metafóricamente escribiendo lo digo, claro, que es con la que sustentaban parte de sus vivencias y recuerdos. Del mismo modo que uno se puede desestabilizar al no tener una pierna, Erik e Inga Davidsen, ambos, diría yo, trasuntos de la propia Hustvedt, pierden el equilibrio vital tras el fallecimiento de su padre. Erik, por su parte, multiplica su desorden con su reciente divorcio e Inga, al pasar de feliz esposa a viuda. Pero no son los únicos personajes a la espera de una prótesis que les aliente a mirar hacia adelante porque Miranda, la nueva inquilina, también está privada de un punto de apoyo como es el de un marido y para su hija, Eggy. Y así, podríamos seguir con Lisa y su secreto o Sonia y su otro secreto. ¡Qué de sorpresas nos esperan!
La situación ya es trágica de por sí, pero esta se agrava porque todos estos fantasmas -coincidente con el título de su última novela- y aquí añado otra aclaración que no soy yo quien los identifica como fantasmas, sino que Siri juega mucho con ese término, cierro aclaración. Repito. Estos fantasmas se marchan sin desvelar sus secretos agrietando, aún más, si cabe, la convivencia de los que aún permanecen vivos. Así que mire usté, ups, me ha salido muy Aznar. Quita, quita. Otro fantasma político que se te aparece cuando menos te lo esperas. Así que la pérdida de un ser querido, insisto, no sólo implica la desaparición de una parte de ti, sino que te produce cierta sensación de desprotección al llevarse consigo algo que desconoces, pero que sabes que está ahí. Sin embargo, en un intento de recuperar lo perdido, la fotografía desempeñará un papel fundamental conservando presencias y certificando ausencias.
Volviendo a los dos protagonistas de la novela, los dos hermanos, uno psicoanalista y la otra, escritora barra filósofa, encuentran una carta donde se sugiere una especie de secreto que el padre no ha querido revelar en vida, pero que insinúa por escrito, por lo que está claro que quiere que sea desvelado. ¡Granuja! La hipótesis principal se mueve hacia una posible relación extramarital de dicho progenitor. ¡Nos ha j*dío! ¡Menudo muerto ha dejado a sus hijos y nunca mejor dicho! A partir de aquí, a lo largo de esa investigación [una investigación light] se irán fraguando círculos concéntricos, cada uno más grande, cuyo fin último será saber o no de esta posible infidelidad, sin embargo, todos sabemos que esto no es “el elefante en la habitación”, sino la excusa para dibujar a una sociedad fragmentada e imperfecta:
“Somos seres fragmentados que nos vamos consolidando, pero siempre existen grietas”.
Tanto en Erik como en Inga, habrá mucho del Woody Allen que nos gusta. Del Woody de sus inicios, para ser más concreto. El vínculo con el psicoanálisis es evidente. Acompañaremos a varios pacientes en la consulta del doctor. Inga es especialista en Kierkegaard, además. Recorreremos parte de Nueva York. La vuelta a la infancia bergmaniana. Todos los personajes principales forman parte de una esfera intelectual elevada, sin embargo, coinciden en su padecimiento de anhedonia. La ausencia en vida de un padre, también. Hacia la mitad del texto, uno se da cuenta de que Woody Allen comparte protagonismo con otra de las grandes referencias de Siri: García Lorca. El Nueva York de ambos es alienante. El drama que acompaña a todos los personajes es acerca de la necesidad de encontrarse. El conflicto bélico está muy presente, bien sea la II Guerra Mundial en la que participó Lars Davidsen, bien los atentados del 11-S que hicieron mella en nuestra sociedad. La mayoría de los personajes de esta novela son femeninos. El paisaje de Minnesotta se resignifica como pérdida y evocación de esa infancia perdida y, erróneamente, idealizada.
Pues vamos llegando a su final. Y que con todo esto, Siri nos quiere decir que la vida es un ir para atrás. Que si Faverón titula uno de sus libros como Vivir abajo, Siri podría titular este como Vivir atrás. Y es que, al final, todos los libros relatan el mismo libro. La necesidad de mirar al resto de coordenadas para poder avanzar sanamente. Que mecagüenlaleche. Que se me ha aparecido el fantasma de Aznar, -el de los guiñoles, para ser exacto- por esta reseña y que yo ese vivir atrás no lo quiero. Que vivir es hacia adelante, aunque sí es cierto que estamos hechos de recuerdos. Siri Hustvedt lo supo cuando publicó esta novela, pero lo sigue pensando hoy al publicar el libro de otro fantasma, de un fantasma bueno, de su Paul Auster, de su Historia de fantasmas. Mire usté… ¡Vete, fuera! ¡Coñazo!