a contranovela
HAMBRE - Knut Hamsun

HAMBRE

Knut Hamsun

9.0
EDITORIAL:
Nórdica
AÑO:
2026
TRADUCCIÓN:
Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
PÁGINAS:
256

Nórdica libros reedita este clásico de la literatura noruega y europea en un magnífico tomo donde la faja, por fin, deja de ser un ejercicio malabar encomiástico para ilustrar y enriquecer su lectura. Me estoy refiriendo a Hambre del Nobel Knut Hamsun, publicado en 1890, aunque nadie se extrañaría si su primera edición hubiera visto la luz un siglo más tarde. En un juego sinestésico de traducir palabras por imágenes, desfilarán por mi imaginación Ewan McGregor e incluso Amazon ¿crees que te estoy vacilando? Si tienes la insensatez de leerme -lo cual te agradezco-, acompáñame por estas líneas, evita cualquier reducción ad hitlerum que alinee al autor noruego con filias nazis y déjame así justificar mi delirio.

Y para delirio, el de nuestro protagonista. Desconocemos prácticamente todo de él. En un principio, lo interpretamos como ciudadano de Christiania -Oslo-, aunque su origen es, más que biográfico, simbólico. ¡Hombre, bien está que hablemos de literatura, pero confundir las tribulaciones y penurias de un hombre con una figura retórica es pasarse! [Deja que me explique]. Nuestro escritor, porque es escritor, de los pocos datos que tenemos, se identifica con nuestra contemporaneidad. Se trata de un ser sufriente que salta, en su enajenación, del júbilo al abatimiento sin una razón de ser. Vaga por las calles de la ciudad yuxtaponiéndolas sin un aparente destino. Nadie lo espera, salvo una hoja en blanco. ¡Corre, personaje metonímico! ¡Desplázate en mi imaginario juvenil y conviértete en el Ewan McGregor de Trainspotting!

Hamsun sitúa la acción en Christiania, pero yo la desplazo mentalmente por las calles de Glasgow. No se trata tanto de fidelidad geográfica, sino de una impresión estética más propia del cine moderno. Mientras tanto, sin sobresalto anacrónico, suena Lust for Life de Iggy Pop como banda sonora de este libro y nuestro antihéroe literario se siente perseguido, en este caso, por una necesidad imperiosa por subsistir. Hambre, ya sabes… Pero es un hambre que más que debilitar, acelera su mente y me acelera a mí en su lectura y en mi escritura. El protagonista pasa de la apatía a la hiperactividad mental y la ciudad deja de ser espacio humano y transitable para convertirse en un escenario casi alucinatorio donde todo se precipita y se deforma y se superpone hasta el punto de que el hambre funciona como un estimulante que altera sus ritmos vitales y a mí me está impidiendo frenar esta frase, por lo que debo aprovechar la primera vía de escape con gravilla que encuentre en la autovía. Punto y aparte. Menos mal. ¿Es o no un símil de Trainspotting?

A lo largo de este libro, su manejo del lenguaje cinematográfico es novedoso [sorprende que el desarrollo de ese nuevo arte tendrá que esperar cinco años a la publicación de este libro]. ¿Pero este hombre, dónde esconde la máquina del tiempo que H.G. Wells tampoco había imaginado aún? De hecho, bien podría servir de metraje para una película, porque converge un paisanaje bizarro con el que intercambia conversaciones surrealistas que, por momentos, nos adelantan inquietudes más propias de autores como Joyce o Beckett. ¡Leches, si el primero sólo contaba con ocho años y el segundo aún no había nacido! Con ello lo que quiero subrayar de nuevo es la asombrosa modernidad que sella con marca de agua este libro, hasta el punto de que parece haberse escrito con un pie en el futuro. ¿Sabéis que se plantea la posibilidad de leer en “libro eléctrico”? ¿Finales del siglo XIX? Vuelvo a mirar las primeras páginas porque sólo me cabe la posibilidad de que haya habido un error de imprenta y es imposible que se publicara en el año indicado. ¡Ah, pues no! Bien es cierto, que ya es un acto de modernidad la construcción de la identidad a través del flujo de conciencia -que todavía habrá que esperar nueve años más para dar por inaugurado el psicoanálisis- ni el juego de estructuras aparentemente inconexas que suponen un rasgo propio de las vanguardias sin haberse gestado - ¡oh, sorpresa! - aún las vanguardias. A Bezos le queda aún mucho para ser un proyecto de vida porque, de haberlo leído, habría bautizado Amazon como Fiordon. ¡Qué premonitorio lo de un libro eléctrico decimonónico!

Bien, la historia continúa girando en una serie de círculos concéntricos porque nuestro Ewan McGregor particular -permitidme el símil- continúa mendigando a la espera de que sus textos ensayísticos sean publicados. El éxito no le llega y la imposibilidad de encontrar alojamiento y sustento supone una emergencia que se traduce en una narración elástica, como si el tiempo se deformara según su estado mental. Del mismo modo, su ebriedad se inyecta en nosotros, lectores, haciéndonos cómplices de diálogos carentes de lógica y de una primera persona interior convertida, en ocasiones, en una segunda donde se diagnostican síntomas esquizoides, ya no sólo entre el narrador y protagonista, sino entre las diferentes personalidades de este último [Coge aire que tú también estás acelerando tu sintaxis]. A raíz de ello, el protagonista inventa constantes versiones de sí mismo, aunque ninguna de ellas se sostenga. Tal es su disidencia ante esa sociedad deshumanizada y carente de bonhomía que sólo le queda imprecar y enfrentarse a su máxima autoridad: Dios. Como si de un Sísifo se tratase, lo maldice y lo repudia hasta el punto de renunciar a su existencia. ¡En una ciudad que se llama Christiania! ¡Valga el atrevimiento! De nuevo, en un ejemplo de acto fariseico, nuestro hereje escupe ante el más alto sacramento porque lo único que pretende ya no es vivir, sino sobrevivir. Pese a sus picos insulínicos, nuestro particular héroe mitológico seguirá portando la piedra calle arriba, calle abajo, sin otra constante que la inercia de su destino.

Sin embargo, del libro se desprende un rayo de luz. Incluso Oslo puede dejar de parecer Glasgow. Uno sospecha que ese gris cinematográfico no es más que un truco del director de fotografía. Que el hambre no es sólo una carencia fisiológica, sino que es, en gran medida, una necesidad de crear. Hambre de relato. Hambre ante el folio en blanco que, en el momento de trazar una palabra, se convierte en un banquete de ideas que alimenta la mente del novelista. Y ahí está el giro del director, creado durante el proceso de montaje, porque el hambre no supone un vacío, sino un acto de conciencia. Pero quien se encuentra en un momento de extenuación no es ese hombre que deambula por las páginas de esta maravillosa edición, tampoco es Ewan McGregor [olvídate ya de él -me digo- que, en una nueva dimensión, se ha convertido en Obi-Wan Kenobi], sino que es el propio Knut Hamsun quien necesita escribir como quien necesita comer. A quien estamos leyendo no es al personaje de ficción, sino al propio Hamsun que es quien fagocita las páginas -en una suerte de Saturno devorando a sus hijos- con el fin de alimentar su existencia. ¡Maldito Hamsun, cuya novela ha sido un mcguffin cinematográfico [que, por supuesto, aún no se ha inventado el neologismo]! Y en este juego de matrioskas o de espejos creo que reside la tesis principal de esta novela. La necesidad de devorar a tus propias creaciones como acto de gestación de tu identidad. Hemos asistido a un acto de canibalismo así que, amigos de Nórdica libros, os sugiero para próximas ediciones una etiqueta de advertencia [una nueva faja no, porque esta es preciosa] o un aviso de fotosensibilidad en esas últimas páginas, de posible antropofagia literaria o de “¡cuidado, todo es ficción!” Porque mientras creíamos asistir al hambre de otro, alguien como Hamsun nos estaba alimentando. Y nosotros, sin rechistar, hemos mordido. ¡Qué festín!

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