Melancolía de los confines: Norte
Mathias Enard
Enard ha escrito un libro maravilloso en el que se entrelazan varias ideas, pero que todas convergen en una concepción personal de lo que significa la literatura.
El texto surge de una herida. Su amiga E. -sólo conocemos la inicial de su nombre- ha tenido un accidente cerebral. Está ingresada en un hospital a las afueras de Berlín y Mathias Enard ha ido a visitarla. Todo lo que rememorará tras despedirse de E. será lo que dé forma a este libro. Desde Beelitz, que es donde se encuentra hospitalizada E., dialogará consigo mismo e irá entrelazando diferentes temas que configurarán el mapa de la melancolía y que, a su vez, completará una posible visión de lo literario. Bien es cierto que Enard forma parte de esa terna de escritores franceses que conversan con el detalle, que te hunden en esa grieta de lo poético, pero que no sabes muy bien adónde te están llevando. Yo los llamo escritores de estilo “¿se me entiende?”, cuyo hilo va desovillándose, tú no puedes apartarte, pero no entiendes la lógica del momento en un primer momento.
Enard recorre Berlín con las palabras. Enard se convierte en un paseante de la melancolía, cuya erudición exige tu resuello un paso siempre por detrás de él. La literatura para Enard es frontera de algo que fue y Berlín es pertinaz en su melancolía. Berlín tiene el rostro de Marilyn Monroe. La literatura tiene el rostro de la pérdida en Marilyn Monroe. Impresiona la capacidad de creación que tiene Enard para ir enlazando en forma de cascada temas y temas. Recorrer Berlín a finales de otoño es caminar por el asedio a Stalingrado. Sebald, mencionado en contadas ocasiones, es el acompañante fiel por las páginas de este libro, lo cual me anima a leer sus ensayos recién publicados. De Sebald saltaremos a la hipnosis y de esta disolución del yo llegaremos a la melancolía. Berlín, por muy moderno y futurista que sea ahora, son ruinas. Del mismo modo que ese aforismo afirma que no existirá poesía tras Auschwitz, tampoco gozo tras el bombardeo y destrucción de Berlín.
Sorprende el ejercicio metamórfico que gesta Enard en “Norte”, primer volumen de “Melancolía de los confines”, porque donde en un principio conversa consigo mismo -aunque, más bien, es con ese lector imaginario- sobre gastronomía, en verdad estamos ante una creación literaria. Donde se cartografía Berlín y creemos que estamos ante un ensayo sobre geografía, volvemos a la literatura. Si nos detalla el origen y armazón de algunos de sus edificios, no estamos ante un tratado arquitectónico, sino literario. Lo mismo sucede con la botánica, medicina o el paisajismo. Si viajamos a la región de Champaña, no hay una intención exclusivamente etílica, sino espiritual. Visitaremos el convento de Claraval. Convento ayer; centro de reclusión nazi después. Y todo se fusiona. Enard se convierte en un ilusionista de la palabra, como lo fue Berlín -otra ilusión- y como lo fue Marilyn -otra- del deseo.
Este caminante que es Enard nos dice en la página 115 que “narrar es cruzar la distancia que nos separa del ausente; es enterrar lo real en lo irreal mediante el lenguaje […], la literatura es ese humo, residuo divino que significa la ausencia de aquello que la provocó”. Berlín son esos rescoldos. El siglo XX son esas últimas esquirlas de carbón incandescente y Enard nos hace de cicerone por un Berlín frío y huraño, pero que huele aún a cenizas y a calcinación.
En “Norte” el viaje no es únicamente un tema: es un principio organizador. No se desplazan solo las personas, sino también las ideas, los libros, las lenguas y las formas artísticas. Enard dibuja una Europa en perpetuo movimiento, donde las fronteras políticas resultan mucho menos importantes que los itinerarios invisibles que recorren escritores, músicos y traductores. La cultura aparece entonces como una larga migración colectiva que atraviesa generaciones y territorios.
Hemos hablado de Sebald, pero este deambular también tiene algo de mito. Es odiseico. Tanto Joyce como Enard convierten el desplazamiento físico en una forma de pensamiento. Mathias Enard utiliza las calles de Berlín como una red de túneles que comunican épocas, geografías y tradiciones culturales distintas. Si Dublin es un microcosmos del mundo, Berlín es un cruce de caminos de la cultura europea y de sus fantasmas históricos. Si pasear por Berlín se convierte en una epopeya moderna, Enard convierte Berlín en una elegía cultural europea. Aquello que no cabe en el mapa es este libro. Enard abandona su disfraz de paseante para identificarse con la figura de lector. Las calles, los edificios y esquinas son, según la mirada, vidas, lenguas, libros…
Afortunadamente este texto es el primero de una futura tetralogía cardinal. ¿Viajaremos al sur en el próximo?