El amo del corral
Tristan Egolf
Flaco favor se le hace a este libro si se le impregna de una pátina grasienta de libro maldito y reliquia literaria para unos elegidos. Empecemos por la conclusión: el libro está bien. Lo he disfrutado y me ha hecho olvidar cierta “literaturra” en la que había caído, salvo alguna excepción (parafraseando a Eme punto Rajoy). Sin embargo, no es lo que te venden. Hay una necesidad de hacerte entender que es la gran novela olvidada que desentraña los misterios de la América profunda.
Leo en la contraportada, en el prólogo y en algunas publicaciones que tiene ecos de Faulkner, Hemingway o de “La conjura de los necios”. Yo a Faulkner o a Hemingway no los veo por aquí ni de cerca. Déjenlos tranquilos con su burbon. No encuentro ni complejidad expresiva ni su opuesta, la contención. La novela funciona por sí sola. Tiene humor, mala leche y retrata la podredumbre de esa América low cost. El estilo de Egolf es directo, cercano a la sátira contemporánea. Otra cosa sería con el protagonista de la novela de JKT. Sí es cierto que podemos encontrar alguna similitud, aunque lejana; pero como la podíamos apreciar en tantas novelas cuyo personaje principal es un perdedor. ¿Por qué no de “El guardián entre el centeno”? ¿Y por qué no de “El Quijote”? De hecho, veo yo más similitudes. Olvidaos de toda construcción mitológica a su alrededor.
Muy posiblemente, todo venga conectado con su autor más que con la novela. Y repito. Que la novela, muy bien. Un cuatro o tres setenta y cinco sobre cinco. Depende del momento. Su autor – de manera muy resumida- nace en España, pero es norteamericano. Padre, ultracatólico y perteneciente a una secta, se suicida. Tristan Egolf, el hijo, nuestro autor, se convierte en músico callejero. Recorre Europa y llega a París. Se enamora de la hija de Modiano, de Modiano el que conocemos; y ella queda prendada de él y de su novela. Modiano lee la novela y la lleva a Gallimard. Éxito absoluto. Pese a ello, en EEUU no obtiene ese mismo reconocimiento. Ruptura de la relación. Mantiene otras relaciones frugales. Fruto de ellas, hijos. Depresión de caballo. Suicidio. Mito. Romantización.
A mí me gustaría creerme otra historia alternativa. Yo no veo a Modiano disfrutando, como se dice de esta novela. Yo veo al Nobel aguantando el capazo de su hija pija durante todo el día. Comiendo y cenando con el trapala de Egolf. Y, finalmente, teniendo que llevar la novela del desaparrado de su futuro yerno a Gallimard. Que mira, oye. Que mi hija. Que no quiero que se me desvíe , pero es que está coladita por un melenudo y zarrapastroso americano. Hazme el favor con el gañán este. Tú publícala y ya hemos cumplido. Te debo una. ¡Ostras, que lo está petando!
Volviendo a la novela. Protagonista antihéroe. Sí que le podría encontrar ciertos elementos con la narrativa de Foster Wallace, más que nada por su irreverencia y humor. Su estilo es sencillo, de ahí mi sorpresa con su parecido faulkneriano. Para de contar. Casi podríamos catalogarla como una bildungsroman a la inversa. Niño perdedor que vive en un pueblo imaginario del cinturón norteamericano del maíz. Niño perdedor que asiste ante una sociedad irreparablemente hostil. La América profunda: racismo, pobreza y alcoholismo. La América de las caravanas y de los rednecks. De los rednecks y todas sus variantes: Crackers, White trashs, hillies…Lo mejor de cada casa. Nuestro looser, las pasa canutas en el high school. Resumo demasiado. A él lo único que le interesa es su granja y sus animalicos. Es huérfano de padre. Un padre cuya épica no es tal como se glosaba. Pero la sociedad le impide una vida tranquila y lo maltratra. Puestos a equiparar, por qué no podría ser un personaje de Zola… Esta idea se la regalo a los críticos. Y él, que es un verso del “soy rebelde porque el mundo me ha hecho así” de Jeanette se convierte en el Michael Douglas de “Un día de furia”. Se arma la marimorena. Y con razón. Entre medias, esperpentización de las distintas iglesias, concretamente metodistas. Religión, violencia y resentimiento social conviven en ebullición permanente.
Hasta aquí, podríamos decir que hemos llegado a la mitad de la novela. No quiero avanzar mucho. A partir de aquí todo se desmadra -narrativamente hablando- mucho más. De looser a mesías. De su aislamiento social a evangelizador del obrero. De matones de instituto a racistas alcoholizados. Una novela muy proletaria, si lo piensas. A partir de este caos, yo sí veo cierto paralelismo con Foster Wallace. Egolf es menos sofisticado, pero sí coinciden en ver a un país enfermo. “La broma infinita” es del 96 y “El amo del corral” -aún no había mencionado el título- del 98. Así que tarín marín.
Se me había olvidado. Para que veáis el grado bizarro y delirante de esta novela, esta tiene un subtítulo de lo más enigmático. Aquí no sueñan los androides con ovejas eléctricas. Otro gran título. Pero sí profetiza con “La matanza del ternero cebado y la insurrección de los lúcidos en la región del maíz”. Termino permitiéndome el atrevimiento de aconsejar a las editoriales que antes de llenarse la boca con influencias de los grandes popes, no invisibilicen títulos tan llamativos como este. Venderán más con menos. No hay necesidad de jugar con ditirambos. Las portadas no requerirán de derechos de autor para las imágenes. Este subtítulo bastará. Todos ganamos. Buena novela.