TRIESTE
Daša Drndić
Termino uno de esos libros que, muy posiblemente, acaben estando en mi lista de mejores lecturas del año. Y todo se lo debo a mi dealer literaria, aunque ella no sepa que lo es [se enterará cuando lea esto, claro]. Esta novela es “merca” de primera: Trieste, de Daša Drnd, de Daša Drendri, Drezzdri… Daša Drndić, ¡Copón! ¡Qué difícil es, leñe!
Si os avanzo que estamos ante un libro cuya temática tiene que ver con los nazis, seguro que a alguno de vosotros “no le renta”, deja de leerme y me exige un armisticio literario. ¡Otro libro más de la II Guerra Mundial! Ya sé que uno empieza a pensar que los nazis no perdieron la guerra, sino que se refugiaron en la sección de narrativas ¡Alto! No estamos ante un libro como te supones. Acércate que aquí la única supremacía es la de intentar convencerte de por qué los alemanes han invadido mi reseña. ¡Sí, sí! ¡A ti te digo! ¡Acércate, por favor, o amenazo con más metáforas bélicas!
Yo dividiría Trieste en dos partes. Bueno, Trieste, la ciudad, ha estado dividida, mutilada, reorganizada, y repartida más que el voto de izquierdas en España. Me estaba refiriendo, en realidad, al libro. Al encontrarse geográficamente donde se halla, Trieste ha ido formando parte del imperio Austrohúngaro, luego de Italia. Alemania se la envainó para sí formando parte de la Zona del Litoral Adriático. Lo mismo sucedió con Gorizia, cuyo nombre varió dependiendo de quién ostentaba el poder sobre ella: Gorica, Görz, Gorizia. Ni os cuento el experimento de la República Social de Saló, estado títere de la Alemania nazi que también se menciona en el libro… Yo con la peli de Pasolini no pude, ya os lo digo. Durante la II Guerra Mundial, dichas ciudades fueron testigo de huidas, muertes, diglosias, multilingüismos, convivencias, racismos, silencios, auges del nacionalismo y caídas de este. Hago un inciso. Si habéis aguantado hasta aquí, pensaréis: ¿Que este no es un libro más sobre la II Guerra Mundial? Os doy mi palabra -que no vale nada- que no es así. Es entretenidísimo. Y lo afirmo yo que nada más alejado de la realidad hubiera sido querer leer un libro sobre Geografía, Política y Nazismo.
Se me hace difícil transmitir la amenidad del libro que, por momentos, es tan surrealista. Tanto que me hace pensar que Drnedich, que Drzz…, que Drndić [¡coñe!], se está cachondeando, dentro de este agujero negro que fue la guerra, de nosotros. Para relajar y “aligerar” a los soldados alemanes, se diseñó una muñeca cuyo nombre era Borghilda, en tres tamaños diferentes y cuyos senos generó discrepancias entre los que querían y cito “redondos y llenos” y los que los preferían “pequeños”. Quedó sólo en un prototipo. Otro ejemplo. Italia, en su proceso de italianizar absolutamente todo lo que llegara a su país, prohibió y sustituyó antropónimos como el de Louis Armstrong por el obligado de ForteBraccio. Mira, no quiero averiguarlo en internet por si es todo una guasa de la autora, pero es que prefiero creérmelo.
El libro no sólo relata las transformaciones de esta ciudad y de todas las que competen en estas variaciones. Drndić escoge una familia que, una vez ya metidos en harina, se va a convertir en nuestra protagonista. Toda la estirpe tiene su recorrido por el libro, aunque Haya Tedeschi será en quien se sitúe el foco. Su historia se narra de manera testimonial. Saltamos desde su infancia a su vejez en los primeros años del siglo XXI y retrocedemos cuando la autora lo estima. No hay primeras personas. Todo se lee desde la óptica de una tercera persona objetiva. La familia es judía, aunque no acabará en ningún campo de concentración. Huirán de Gorizia abandonando su idea de fieles a un imperio para ser redimidos por una nueva nación: Italia. Una vez que los italianos pierden el poder territorial de Trieste, huirán a Tirana. Estando allí, Albania es recuperada por los partisanos y la familia Tedeschi se vuelve a una Trieste alemana. De ahí a Valona y luego a Nápoles y a Milán para acabar en Gorizia. Sin coger un avión tienen el jet lag entumecido. De llegar a ser inventado el roaming, sus estancias les hubieran salido por un pico. Oiga, que soy alemán, que ya no austrohúngaro, que no me ve que ya no pertenezco a un mosaico multiétnico y luzco un mostacho particular. ¡Anda, si ha perdido cobertura! Es que ahora soy albanés, estamos abandonados de la mano de Dios. Pues cuando os invadan los soviéticos. Válgame, Dios; y así etc, etc…
Vivir en esa situación en la que llegas a no saber quiénes son los buenos y quiénes los adversarios, sólo puede generarte una esquizofrenia vital. Si las fronteras se convierten en heridas, sólo cabe que sus habitantes, a ambos lados, estén malheridos y magullados. A pesar de ser judíos, no parecen ser señalados en ninguno de los países en los que viven y es que su vida parece un videojuego de plataformas saltando de algodón en algodón. Eso sí, ciudad o país que pisan, ciudad o país que retrocede o recupera una identidad. Gafes, gafes, muy a su pesar. A mí se me ocurrió la idea de que si directamente hubieran emigrado a Berlín hacia el año 39 otro gallo hubiera cantado para el devenir de la guerra. Un pequeño problema: Eran judíos.
La segunda parte del libro se centrará en otras vicisitudes que afectan tanto a la familia Tedeschi como a parte de la población europea. Aunque todo el libro era así, pasamos del hecho más personal a otro más social. Son tantos los testimonios que se mencionan que, incluso, hay páginas y páginas exclusivamente con listas de nombres de militares nazis. Sorprende que muchos asesinos despiadados, provenían de oficios como la carpintería, la agricultura o eran simples carniceros. Sorprende, incido, en que no tenían formación militar ni habían mamado la maldad ni las brutalidades que unos años después cometerían. [Aviso, terrícolas. Este un aviso para futuras generaciones para que no olviden que no hay mayor violencia que la que un ser humano considerado corriente y moliente puede albergar].
También habrá páginas con nombres de asesinados en campos de concentración como si de un camposanto de papel se tratase. Se entrevistará a supervivientes de esos mismos campos de concentración. Lo más interesante es la unión que se consigue entre el reportaje y la ficción. Aunque recorramos media Europa en busca de testimonios, no perderemos el punto de fuga de donde surge todo, Trieste. Haya Tedeschi crecerá, se enamorará de un militar alemán. Tendrá un hijo, cuyo incidente se convertirá en el punto de partida para hablar de los Lebensborn. Viajaremos a la arrocera de San Sabba, ojalá fuera para “enchufarnos” un meloso o un arroz a banda, pero dicha fábrica fue el único campo de concentración y exterminio en Italia. ¿Dónde lo ubicaríais? En Trieste, claro. Gallifante para el más rápido. Se sacará los colores a Suiza como estado neutral con muchas comillas lo de neutral, a la Cruz Roja o a la ONU.
Os aseguro que me gustaría transmitiros de otra manera lo maravilloso que ha sido leer este libro, a la par que triste y no es un juego de palabras con Trieste. Y os aseguro, también, que no os arrepentiréis de su lectura. Está todo tan bien hilvanado, e intento no destriparos mucho de la trama, que la novela, de verdad que no sé si llamarla novela, artefacto, o noséqué se desplaza hacia esos hijos eugenésicos que han vivido engañados pensando que a quienes tenían enfrente eran a sus padres biológicos, sin saber que, tal vez, su progenitor o progenitora era un siniestro monstruo. Unos preferirán el silencio y otros preferirán recorrer el mundo pidiendo perdón a los hijos de los asesinados.
Sin más, suficientes ocupaciones ha habido en este libro para que yo ocupe más de vuestro tiempo. Daša Dnrdić ha escrito un libro muy emotivo y, a su vez, interesante. Que escribir sobre los nazis ya se ha convertido en un lugar común pero, al igual que sucede con Trieste, son sus fronteras las que convierten el libro en algo singular. Unas veces se mueven hacia la ficción y otras se difuminan en favor de la historia. Unas se acercan hacia la novela, pero pronto nos las arrebatan en favor de lo documental. Y es en esta tierra de nadie donde mejor se lee.