Los ingleses entienden de lana y otros trucos
Helen DeWitt
Los ingleses entienden de lana y otros trucos tiene un magnífico título para un libro que, más que ofrecer calidez y elegancia, en mi cabeza resuena como el roce de unas mallas de licra.
Antes de intentar dar una explicación de por qué no me ha gustado es necesario contextualizar un poco a la autora porque puede darnos pistas ante este libro de ¿relatos?, ¿alardes?, ¿cuentos filosóficos?, ¿comidas de olla?, ¿témpanos de hielo?, ¿lenguaje computacional?
Helen DeWitt es autora de una obra magnífica cuyo título generó más controversias que deseos por deslumbrar, lo cual no es óbice para que lo consiguiera. Si no la habéis leído, haceos con ella. Durante once años, El último samurái estuvo en un limbo sin poder ser publicada: su intención era titularla Los siete samuráis en clara referencia a la película de Kurosawa. No se lo permitieron. Por contra, su título verdadero generó confusiones y discrepancias con la película de Tom Cruise, posterior, pero claro, a la maquinaria de Hollywood es difícil toserle. A esto se añade, la dificultad a la hora de editarla por la multiplicidad de signos y dibujos que se debían insertar, y ya no os quiero contar cuando la editorial quebró y los derechos de autor quedaron sin un dueño aparente.
La cosa no queda aquí. Llegamos al libro que hoy me ha traído hasta aquí. Helen DeWitt dio a conocer su rechazo a cualquier tipo de promoción hasta el punto de renunciar a un premio internacional, con su correspondiente montante, por el hecho de verse obligada a promocionarlo por el mundo. DeWitt justificaba su decisión por el problema que este tiempo ocupado acarrearía en su labor creativa.
Llegados a ello, creo que podemos tener una idea de las peculiaridades de la escritora. Vamos al libro en cuestión. Los ingleses entienden de lana y otros trucos se compone de un relato de extensión mayor al resto y otros más breves. El primero salva parte de la compra del libro, pero no la justifica. Los siguientes relatos se entienden como un ajuste de cuentas de la autora ante la maquinaria de las editoriales. ¡Malditos roedores!
Conforme he ido leyéndolos, con interés y con ganas hasta el desinfle, me he imaginado a DeWitt, una montaigne en su torre, convertida en una suerte de Victor Frankenstein tejiendo en cada uno de sus relatos parte de su identidad. De esa creación particular que es ella misma. Del mismo modo que el científico intenta vencer a los dioses a través de la creación, DeWitt usa la narración como fuerza motora para lo mismo. Llamemos dioses a los gerifaltes de las grandes corporaciones editoriales. Lo mismito que Juan del Val.
En cada uno de ellos, va dejando la impronta de su venganza contra un mundo que cada vez atiende más a intereses espurios que al mero hecho de obrar el milagro de contar historias. “Brutto” es un buen ejemplo, cuyo valor polisémico de “feo” y “beneficio” ejerce en la trama un descenso gradual de la artista: cada concesión económica la lleva un paso más lejos de su propio criterio artístico, hasta un final degradante. “Mi corazón pertenece a Bertie”, que bien podría ser el titular de la revista Hola con foto en portada de Bertín Osborne. Pero no. En realidad, rezuma frialdad con el lector. La historia lo podría justificar: comunicarse con robots supone un alivio para el protagonista, un profesor de matemáticas que escribe libros infantiles complejísimos. Claro, la editorial no lo ve con buenos ojos. ¡Anda, qué historia tan chula podría ser! Pues no, porque la distancia que se genera cuando empiezan a incluirse gráficas y lenguajes informáticos de código abierto - “Literal”, como diría un chaval- hace que mi cabeza empiece a perder el riego. “En la ciudad”, “Escaladores”, encontramos algo similar: facturas que pagar. Un dilema y un obstáculo ante la mirada de DeWitt. Creación versus promoción.
Junto a la figura del genio hastiado y cabreado con el mundo que encuentra cuya perfecta sinécdoque es el intermediario comercial, otros relatos presentan una veta, por decirlo así, construida con códigos erótico-conversacionales. Son los escritos de su etapa oxoniense. Dos personas despliegan su erudición: estructuralismo, matemáticas, referencias artísticas, las cuales funcionan como un cortejo. En este caso no hay un choque contra el mercado, sino un instrumento de seducción. El problema: que yo me quedo fuera. Que capto la inteligencia de DeWitt, me puede impresionar, aunque pronto me mantiene lejos de ella.
Con todo esto, me he sentido vencido. Reconozco la intelectualidad y la mala baba de esta artista ante ese mundo en el que ha de vivir. Reconozco el corte, la calidad del tejido, el pespunte; pero a mí me tira de sisa.
DeWitt, al igual que Frankenstein, cose sus trece criaturas con retazos de ingenio en un alarde de virtuosismo. Sin embargo, parece más interesada en exhibir la perfección de la sutura que en la creación propiamente dicha. Cierro el libro. Vencido como quien sale de Saville Row sin haber comprado nada. Admirado por el oficio del sastre, el buen uso de la lana, pero con frío por el maldito clima británico y por los precios de los abrigos.