Diario de un mal año
J. M. Coetzee
A Coetzee hay que volver siempre. No te quepa duda. No será su mejor novela, de hecho no es una novela al uso, pero entiendes que es un texto en el que se sincera y que posee cierta originalidad a la hora de estructurarlo. Me estoy refiriendo a “Diario de un mal año”.
Hay varios factores que otorgan a este texto valentía. El primero, sus opiniones. Me declaro ciudadano de gran parte de sus ideas. Me exilio en la República independiente de Coetzee. El segundo, la estructuración. Y el tercero, el juego narrativo. Para explicar cómo se organiza este artefacto, yo partiría de la idea de que este ejercicio que él realiza es la conversión del neoplasticismo de Mondrian en palabra. Sustituyamos “Composición en blanco y negro”. Echadle un ojo. Ahí lo tenemos.
“Diario de un mal año” posee una estructura modular. La mayoría de las páginas se organizan en tres partes separadas por una línea divisoria. Hay páginas, las primera principales que, únicamente, se biseccionan en dos. El conjunto es una simetría de espacios desequilibrada que aleja al sudafricano de un centro como eje dominante. Oiga, que quiere “montarse un elige tu propia aventura”, pues lo puedes hacer, porque su lectura puede transitar de arriba a abajo -ensayo, diario, narración- o de izquierda a derechas considerando los tres subtipos textuales como entes autónomos.
El primer bloque, más grueso, se perfila más ensayístico. Un trasunto de Coetzee recibe el encargo de, junto con otros escritores, ofrecer sus impresiones sobre temas que van de la política, la pederastia, la ética, la religión hasta la música y las matemáticas. Aquí Coetzee va a calzón quitado. Es para mí la parte más mondrianesca de todas. ¿Por qué? Porque Coetzee se desnuda por completo dando a entender de la manera más racional y aséptica la verdad sobre los temas que expone. Eso sí, olvídate de colores primarios. Aquí jugamos con el blanco y con el negro. Escoge cualquier asunto relevante, lo decapa de cualquier contaminante superficial y nos lo ofrece de la forma más pura. No tenemos por qué estar siempre de acuerdo; de hecho no lo estamos, lo que pretendemos es asir su esencia. Brancusi, con sus esculturas, no se plantea representar un pájaro, sino la esencia del vuelo. Pues bien, Coetzee no se propone moralizarnos ni convencernos sobre temas concretos y actuales, sino escarbar en la fractura que hoy vive el ser humano contemporáneo. De todo ello, podría emerger una poética del ensayo a partir de la mirada de un outsider. Me gusta mucho esta consideración subversiva que creo que ha de estar siempre en la conciencia de los escritores.
El segundo segmento de cada página, a modo ahora de diario, más subjetivo e íntimo que el ensayístico, lo cual puede parecer una contradicción en sí, pero no lo es. Que Coetzee es muy bueno, ya tú sabe. Se narra la relación de nuestro protagonista con una vecina mucho más joven que realizará las labores de pasar a limpio su miscelánea ensayística. De este juego se dará pie al tercer bloque. No quiero dejar de lado la influencia estoica que domina el compartimento superior, el ensayístico, donde la razón guía al ser humano independientemente de remar contracorriente.
El nivel inferior, más narrativo, más cercano a la idea de novela, y que supone una descentralización del yo que libera una multiplicidad de voces en la línea de Derrida (que también deconstruyó la tortilla. Chiste) se compone de las conversaciones entre esta chica y su novio: un representante del homo economicus, cínico, vampírico que construye su invectiva contra el escritor. Este último personaje que se nos hace patente como un ultraliberal representará el orden contrario. No le interesa la verdad, sino su rendimiento económico. No necesita debatir porque la postura elegida sólo es una y siempre se inclina hacia la balanza del poder.
Como vemos, “Diario de un mal año” es la extensión, ya patente,de un cuarto de siglo que hoy, sin que lo pueda confirmar ya Coetzee, asienta toda esta contracultura de los infravalores y de la posverdad. ¿Por qué no se hace más caso a tipos como Coetzee? ¿Acaso es necesario que apunte al Armagedon para que no seamos capaces de adivinar que con sus reflexiones tan lúcidas no no estamos abocando a ese apocalipsis?
Todas esas preguntas se devienen en una certeza a modo de presente decepcionante. Todo ese mal año se expande como el universo en un siglo XXI carente de escrúpulos donde los brancusi y los mondrian del momento retuercen la forma geométrica a modo de clic, eso sí, con duración máxima de diez segundos.