Koljós
Emmanuel Carrère
Para poder entablar un diálogo con el libro que tengo entre manos mientras lo estoy leyendo, suelo establecer ciertas conexiones tan dispares que, en muchas ocasiones, me llevan a la la divagación olímpica. Este, cómo no, ha sido el caso de “Koljós” de Carrère. Me quedan quince páginas para acabarlo, pero es que quiero adminístralas con cierta liturgia en una primera hora del día con un café y silencio en el exterior.
“Koljós” me ha generado un disparo cruzado de impresiones. Parto de la tesis de que es una novela muy imperfecta – no voy de diplomático hoy-. Y, sin embargo, la he acabado disfrutando hasta el punto de desear que continuara con unas páginas más. Incoherente, antes que sencillo, que es uno.
La primera conexión que establezco conforme el libro empezaba a interesarme -estamos en la página 150 o160- tiene que ver con la idea democrática de lo que es una obra literaria. No puedo aseverar que la primera centena y media de páginas sea mala. Simplemente, no me he sentido interesado por ellas. Para mí hay un desborde de nombres y referencias genealógicas que rozan lo amazónico -por lo del árbol genealógico- y que, salvo contadas excepciones, me han hecho perder, más bien, el hilo. La familia de Carrère, en especial la materna, se mueve por todas las habitaciones aristocráticas de media Europa y del cuasicontinente ruso. No hay un primo, tío o vecino mediopensionista que no haya sido barón, conde, institutriz de alta alcurnia, familiar de postín o posible asesino de Rasputín, valga la rima. Gran parte de las decisiones de la construcción o destrucción de varios territorios eslavos o mitteleuropeos pasan, cómo no, por las manos de uno de sus familiares. Clavadico que nuestras cenas navideñas. No puedo, por tanto, decir que no sean necesarias para la comprensión del libro. Sí puedo, por el contrario, afirmar que me aburrí soberanamente. Aquí viene una de las incoherencias del lector que se enraíza en esa idea democrática de que el arte no es tanto una cuestión de gustos, no debiera de serlo, sino de inquietudes. De ahí el hecho democrático que iguala el texto a todos y que lo diferencia teniendo únicamente en cuenta los intereses. Sí, ya sé, las excepciones.
Sorprende también que, aun cayendo en desgracia la familia, exiliada, viviendo casi en la indigencia -que no indígena. Chiste malo en relación a lo “amazónico”- y sumida en la pobreza, repechan para una ser la más alta instancia de la Academia francesa y otra, ostente la presidencia de Georgia. Por supuesto, Carrère. De los mejores escritores de Francia o de Europa. Ustedes decidan.
A partir de las páginas mencionadas -no es una página en concreto, sino una cierta contemporaneidad, Carrère mete la quinta marcha como si de una autopista alemana sin límite de velocidad atravesara y convierte la lectura en ágil y atractiva. No obstante, sigo con mis peros porque, a pesar de que las estoy disfrutando, creo percibir ausencia de calidad literaria. Esta se ha quedado en el primer motel de carretera. No discuto que lo que mejor ha hecho Carrère con gran habilidad en las primeras páginas es ocupar los vacíos que existen entre foto, documento o recuerdo escrito. No hay duda de que en el interior de esa tediosidad hay un magnífico novelista. Pero es que estamos en la segunda mitad, más extensa que una mitad, algo menos de trescientas páginas, que suponen lo opuesto. Como si alguien le hubiera gritado “¡Emmanuel, dale caña que no llegamos! Y Emmanuel mete zapatilla y narra. Y tira millas narrando. ¡Emmanuel, para! ¡Que quiero ir al baño!
¡Joer! ¡Y que no he soltado prenda sobre la trama de “Koljós”! Pues en parte aquí estriba otra de las virtudes de Carrère. Os la cuento yo porque él ha metido acelerón y no puede quitar la mirada de la carretera. Carrère consigue trucar el punto de vista del narrador porque cuando escribe sobre su madre, que es el leitmotiv de este libro, en verdad está homenajeando a sus antepasados, los cuales tuvieron que, de la noche a la mañana, huir de Rusia o de Georgia y ganarse el pan de la mejor manera posible reciclando su linaje en una versión “allons enfants de la Patrie”. Algunos, incluso con su vida. Pero cuando Carrère quiere hablar de sí mismo, gira el teleobjetivo, amplía zoom y comienza a escribir sobre su madre. Es tal su vergüenza que no puede centrarse en sí mismo, sino en su pedazo de complejo de Electra, más grande que el palacete ubicado en el quai Conti en el que habita la familia Carrère d´Encausse. Y, por último, en una suerte de esquizofrenia, algo parecido a lo que asoma en “Limónov” es que cuando quiere hablar de la situación de la Rusia actual o de Putin, se coloca el francés en el primer plano. El narrador se disfraza de testigo occidental, de observador ilustrado, de conciencia europea. ¡Que vamos, que Carrère es un magnífico trilero!
Acabo ya. Carrère no escribe un libro sobre su madre. Ni sobre Rusia. Ni siquiera sobre la memoria. Escribe desde un ángulo que le permita sanar ese dolor que ha mantenido. Y eso, paradójicamente, es lo más interesante de todo. […]
Ya me desperté y, acompañado de ese café, he compartido desde la distancia esas últimas páginas de Emmanuel. Páginas que me acompañarán en esos mismos momentos, ojalá en esa misma calma y ojalá en esa misma intimidad. Que sea dentro de mucho, por favor. Hoy el café me ha sabido un poco a Proust. Uno lee y su mente imagina. Es una novela imperfecta pero que, a su vez, me ha emocionado y me ha acercado, si cabe más, a uno de los mejores escritores de Europa.
No le pido perfección a Carrère, sino que me toque donde no lo esperaba. Aquí lo ha conseguido. Tal vez su último guiño haya sido, de nuevo, modificar la mira telescópica. Tal vez este libro, sin él saberlo, cuando está escribiendo sobre él, es que está hablando de mí.