a contranovela
La buena voluntad - Ingmar Bergman

La buena voluntad

Ingmar Bergman

6.8
EDITORIAL:
Fulgencio Pimentel
AÑO:
2021
TRADUCCIÓN:
Marina Torres
PÁGINAS:
448

Qué gozada es, después de leer a Tom McCarthy y a Pynchon, encontrar un libro en el que entiendas perfectamente lo que está sucediendo. “La buena voluntad” es ese libro que da inicio a una trilogía en la que, a raíz de las personalidades de sus padres, se puede dar a entender las tribulaciones del genio Ingmar Bergman. Frente a un postmodernismo agotador y vertiginoso del que me apetecía huir por un tiempo, aquí la prosa se frena. Vamos, que luchas contra una inmediatez de flujos, de conciencias y de fragmentaciones.

Cuando explico “La Celestina” en clase - ¡ahí va, hasta dónde me remonto! -, una de las primeras cuestiones que surgen tiene que ver con su estructura e intención: ¿Es teatro? ¿Es novela? Algo similar sucede con esta “La buena voluntad” cuando la abrí por primera vez: ¿Es teatro? ¿Es novela? ¿O es un guion cinematográfico? ¡Cuidado, postmodernos, aunque hable de convergencia de géneros y solapamientos, aquí no tenéis vela en este entierro! Bien, pues podríamos concluir que contiene elementos de todos ellos: Diálogos ágiles y contundentes en los que se mueve de maravilla el sueco que combinan con una prosa realista en la que, en ocasiones, un Ingmar Bergman ni siquiera aún cigoto, interviene para introducir alguna de sus impresiones sobre la relación de sus futuros progenitores.

Uno tiene la sensación de estar leyendo una película antes que viendo una novela. El tiempo se confunde, casi como le sucedía a Dinio con la noche y Bergman convierte la tercera persona testimonial en un YO privativo que me lleva a conectar la figura de Bergman con el Cervantes quijotesco. Bien es cierto que parece que la mayoría de los recuerdos proceden de un diario de la madre, sin embargo, la cantidad de detalles que se muestran me hacen pensar que estamos ante un “Bergman no fiable” del todo. Coloca focos, mueve personajes y selecciona miradas. Como si estuviera rodando para nosotros. Es aquí donde encuentro esta conexión con el narrador cervantino y con un origen supuesto al más estilo Cide Hamete. Una vez más, nos surge la duda de si estamos ante una absoluta ficción o existen elementos reales. Bien sean unos, bien los otros, es muy probable que esta trilogía, al menos, este primer tomo, quiera servir al Bergman famoso para comprenderse o justificarse. O para ambas cuestiones. Y como el buen cine, yo me dejo llevar. ¡Que no, Pynchon, que no estamos hablando de ti por muy metaliterario que te parezcan estas apariciones bergmanianas! ¡Salte de aquí! ¡Fiu, fiu!

La historia se centra -al menos, en las cuatrocientas páginas de este tomo- en los momentos formativos del padre de Ingmar -Henrik- que estudia para convertirse en pastor religioso, y el noviazgo y primeros años de matrimonio de este con Anna. Henrik Bergman proviene de una familia pobre, especialmente porque su abuelo paterno rompe todo vínculo con ellos al, el padre de Henrik, “avergonzarlos” por no querer convertirse en sacerdote y sí en boticario. ¡Cómo se las gastan en Suecia! Desde que vieron “Farmacia de Guardia” han tenido vetado a Carlos Larrañaga. Se rompe, así, toda relación interfamiliar y, como las desgracias no vienen solas, porque su padre morirá pronto, el tándem madre e hijo las pasarán canutas. De Anna, futura esposa, perteneciente a una familia muy acomodada, podremos hacer algún inciso después.

Si Alfredo Landa viviera hoy, gritaría eso de “¡Que vienen las suecas!”, pero esta novela-drama-guion cinematográfico es más bien una historia de indios porque tiran a matar con flechas. Cómo se nota el carácter luterano que impregna cualquier página porque no se guardan nada para ellos. No serán muy comunicativos, pero cuando quieren ser sinceros… Cuidado con jefe Apache, “Yo soltarte dos h*stias argumentales. Jau”:

“Ten cuidado con mi hermana, dice Ernst con ternura. Ten muchísimo cuidado. Es la más sincera hipócrita y la más experta embustera de la cristiandad”.

O

“Nuestra familia ha producido tanta maldita normalidad que ha dejado un poso de locura y lo he recogido yo”.

De Henrik Bergman no hemos dicho aún cómo se le retrata, aunque si unimos que era teólogo protestante, que nos encontramos en los últimos años del siglo XIX y primeros del siglo XX, poco se nos asemeja a los suecos que venían a veranear aquí o los que se disfrazan con purpurina en cualquiera de los eurovisiones. Henrik Bergman es severo, inamovible e insobornable. Con un alto sentido de la responsabilidad y de la integridad. Vamos, ¡como para dejarlo suelto en la sede de Ferraz o de Génova! Iría perdidísimo. Aquí dejo un hueco por si os he ofendido y queréis incluir otro partido político a modo de “Elige tu propia aventura”: ___________. Siente la responsabilidad y, sobre todo, la obligación, de ayudar a los más desfavorecidos. De persona de carne y hueso a personaje horaciano vinculado perfectamente con el concepto de aurea mediocritas. Bien, Henrik, bien. Lo trasladarán a una pequeña congregación en Forsboda. Estamos en la previa a la I Guerra Mundial y en sus primeros años. La situación será tensa, pero para que nos hagamos una idea de la sobriedad de Henrik, se pondrá del lado de los más desfavorecidos, del obrero, del que las están pasando p*tas hasta el punto de ser tildado como comunista. Claro, esto para su mujer será una situación bastante comprometida, ya que ella se mueve entre un amor incondicional a su marido y que la pela es la pela, y que las ganas de progresar también son un acto muy humano.

Y aquí, podemos entrar a hablar de su mujer, de Anna, aunque también de la futura abuela de Ingmar, Karin, e incluso de la propia madre de Henrik, porque todas sufren un mismo proceso y en ellas se revela un carácter muy moderno y feminista. Por favor, principios de siglo XX. No os imaginéis a Ione Belarra. Todo en su contexto. Las mujeres de esta primera parte se mueven en sus inicios por diferentes estadios que oscilan desde el esperancismo [dícese: relativo a la Esperanza Aguirre de sus primeros años con la leyenda urbana de “Sara Mago”] por el que viven amohinadas ante las decisiones de sus maridos hasta un thatcherismo férreo, como es el caso de Karin, abuela de Henrik, bisabuela de Ingmar, casada en segundas nupcias con el bisabuelo de Henrik, la cual es veinte años más joven que su marido y que pone firmes a sus hijastros, cuya edad es similar a la de ella. De casta le viene al galgo a Anna, que ya será hija de Karin y Johan, que los tiene bien puestos, aunque de esto mejor no incidir para no adelantaros nada. Pero ya os anticipo, que la “mosquita muerta” [ que me perdone Ione] del principio es sólo una impresión fallida. Bergman parece disfrutar especialmente desmontando estas primeras acciones. Hace que el lector descubra que, quizás, personajes aparentemente más silenciosos son los que terminan condicionando gran parte de la historia.

Y poco más, o mucho más. No quisiera ser repetitivo, pero me gustaría incidir, por último, en ese aire de modernidad que impregna todo el libro, a pesar de que no se les mueve ninguna ceja a los personajes. Hablo de sexo. “Hablemos de sexo” con la sexóloga Elena Ochoa. Mejor que no porque me descubre tres complejos y medio. Ahí me he sentido yo el Alfredo Landa de turno. Hasta me he ruborizado con alguna de las escenas que se describen. Sin mucho detalle, bien es cierto, pero con una naturalidad que me hace santiguarme, rezar un rosario y encarnarme en la doña Perfecta galdosiana. Casi le escribo una carta al obispo para ponerle al corriente.

Bergman, con este primer tomo, anticipa muchas de las obsesiones que marcarán su obra y los fantasmas familiares que reaparecerán una y otra vez en sus películas. No es tanto una biografía, sino una investigación. Una indagación sobre sus orígenes morales y sentimentales.

Y ahora, como se añade en la contraportada, complementaré esta novela con la película, ahora sí, “Las mejores intenciones”, de Bille August en los que se adapta esta misma historia. ¡Que no, Thomas! ¡Que tú ya saliste en un episodio de Los Simpson con una bolsa de papel en la cabeza! ¡Déjanos tranquilos! ¡Que no queremos trescientas referencias ocultas por página!