HERZOG
Saul Bellow
Hace unos días terminé una de esas novelas que pesan tanto por el prestigio de su autor como lo que la obra ha supuesto dentro de la literatura norteamericana, y que requieren de un ánimo especial. Me estoy refiriendo a “Herzog” de Saul Below.
No salgo indemne del todo -por si os preocupaba mi estado de salud-, porque sí he de decir que he estado durante unos días absorto dentro de esta novela. Tanto es así,que casi he sufrido una pájara ya quedando ciento y pocas páginas para alcanzar la meta. Suerte que he cambiado la mirada y lo he leído no con mis propios ojos, sino con los de Woody Allen. El Woody de los principios, el que quiere simular a Bergman porque en este Herzog hay dudas existenciales, diálogos cargados de neurosis, ironía, pero también ternura. Y no sólo eso, porque Bellow es ese primer Woody, pero también el segundo: un Bellow que anticipa el ingenio de “Annie Hall” o la mirada melancólica de “Manhattan”.
La novela no es compleja en forma. Bien es cierto que hay múltiples referencias filosóficas, sociales y políticas que pueden exigir una mayor concentración, pero donde creo que estriba su hondura es en esa deriva que parece no conducirle a solucionar ninguno de sus conflictos. La obra se organiza en espiral de la cual le resulta al protagonista difícil salir, puesto que repite obsesiones y preocupaciones conformando un bucle esquizoide. Sólo la fuerza de la inercia logrará proyectarlo hacia fuera, pero siempre dejando frentes abiertos. Viaja, se desplaza como si de un lugar de La Mancha desconocido emparentase en la búsqueda de solucionar los entuertos que se están ensartando en su vida. La diferencia es que estamos en las afueras de Boston, a veces Nueva York, o Chicago -ciudad recurrente para Below-. No obstante, el anonimato de estas grandes urbes lleva a nuestro personaje a transitar libremente por ellas. Coincide con una galería de personajes que van desde su psiquiatra hasta un amigo juez. Algunos cayendo en la ridiculez y otros en la estupidez. Amorales, decadentes, pendencieros, destructivos todos engalanan la novela convirtiéndola en un collage de esa época.
Herzog es un personaje de la incompletud, lo cual me lleva al teorema matemático de Gödel del mismo nombre que manifiesta que un enunciado no siempre puede ser verdadero. Dicho esto, a vuela pluma por un tío -yo-, con conocimientos matemáticos básicos, pero que lo revierte con una mirada cambiante. Aunque si quiero, puedo mirar ahora con los ojos de un Newton de tres al cuarto -¡acabo de faltarle el respeto a Newton, ¿verdad?- pero que sí sabe -yo, de nuevo-, establecer conexiones entre ese relativismo y la idea de huir de la verdad absoluta, como se muestra en la novela, promoviendo y favoreciendo un análisis más profundo de las ideas.
Herzog es un intelectual movido fundamentalmente por la necesidad de cultivar la palabra. Escribió un libro de gran éxito para los rincones académicos cuyo título es “Romanticismo y cristianismo”. Su vida personal, ya es harina de otro costal, pues no se encuentra en su esplendor. Dos matrimonios fracasados. Dos hijos a los que no puede ver y el que supuestamente es su mejor amigo se convierte en el amante de su segunda mujer. No es un culebrón venezolano, Herzog es apellido, pero podría llamarse Carlos Alfredo, aunque tranquilos, ningún episodio termina con un “¡Eres el padre de mi hijo y lo vas a reconocer!”, pero tiene una vida bastante sufrida. Se culpa de estos desaguisados a sí mismo, aunque un narrador omnisciente, que convive con el narrador protagonista, nos va a intentar mostrar que la realidad no es así y que lo que en realidad representa Herzog es a ese héroe venido a menos. Venido a menos porque simboliza un estímulo decadente frente a un mundo que está en transición y al cual no quiere pertenecer. A esta idea volvía yo una y otra vez durante su lectura. La necesidad de comprender cuál era la intención última del autor. Y cayó la venda, o eso creo yo, porque la reseña es mía y pulpo es animal doméstico. Moses Herzog representa también los valores del héroe romántico decimonónico que se enfrenta a un cambio de paradigma que viene planteado por la necesidad de enfrentar la humanidad y sus valores morales frente a la tecnificación salvaje y la falta de escrúpulos. ¡Coñe, y lo he escrito aguantando la respiración!
Recordemos que la obra se ambienta en unos años sesenta enfrascados los Estados Unidos en una Guerra fría, la lucha por los derechos civiles y la explosión de las ciudades como espacios deshumanizadores. Lo tenía en mis narices y no veía que Moses Herzog, además de ser un posible Alvy Singer -asómate a “Annie Hall”- es un lord Byron, un Chateaubriand o, sobre todo, un Werther. ¡Me cagüen la leche. Si hasta coinciden en su juego epistolario que les sirve a ambos de válvula emocional! Tanto en uno como en otro el receptor real de esas cartas somos nosotros, confidentes, mostrándonos así todo un cauce por donde desbordan amores, dolores y frustraciones. Tanto Werther como Herzog construyen a través de las cartas su propio mito. Una manera de inmortalizarse en la escritura. Dicho de otra manera, se poetizan a sí mismos. ¿Será, por tanto, la finalidad última de Bellow mostrar el drama del intelectual moderno? ¿Un intelectual atrapado entre su lucidez y su incapacidad de vivir? ¿Será Reinalda Margarita de los Ángeles Paredes la madre de Carlos Alfredo y esté enamorado de ella?
Más allá de la broma, no quiero pasar por alto el valor terapéutico de la escritura. Herzog escribe cartas mentales a sus seres conocidos, pero también a Nietzsche, Heidegger o, incluso, al presidente de EEUU. En ningún momento espera respuesta. De hecho, no las envía. Eso lo tenemos claro. Se trata, más bien, de fórmulas para liberar tensión, con efecto catártico, ya que actúan a modo de monólogo interior. La reflexión, su momento pensante, choca con la inmediatez que se produce en las ciudades. ¿No veis el guiño a un Woody Allen que acababa de empezar a filmar? Ni siquiera el neoyorquino sabía que tenía un estilo propio cuando Bellow ya se lo estaba anticipando.
Y vamos a ir echando el cierre. “Herzog” es una novela que denuncia un cambio de paradigma: la modernidad y su tecnificación. Su protagonista, algo quijotesco también. Viaja, sobre todo, para poder cerrar heridas que ese mundo amoral ha ido gestando, aunque nunca lo consigue. Recordad que es un héroe romántico y como tal simboliza el fracaso. Fracaso nunca entendido como derrota, pues representará la esencia de la vida. De nuevo tenemos un personaje que rellena huecos sentimentales que intenta ocupar con inquietudes culturales encarnando la búsqueda de la Alétheia. Para descargarse de cierta profundidad juega, igualmente, con el humor y la ironía, a veces un humor muy negro como cuando se presenta en los juzgados como público o cuando tiene un accidente de tráfico.
Otros momentos que acercan la novela a la farsa tienen que ver a la incapacidad de acometer las acciones más cotidianas del día a día. Frente a sus discursos eruditos se intercalan torpezas casi infantiles las cuales me hacen establecer parangón con, oh, no. De nuevo, Woody Allen. ¿No es esto una forma de humanizar al personaje? ¿Acaso no sucedía lo mismo en la novela cervantina? Quijote-Herzog-Woody Allen unidos en su humanismo. Y me quedo tan ancho. Y pulpo es animal doméstico. Todo este sinsentido que aborda la vida de Herzog se solventará mínimante cuando regrese a su hogar que actuará como refugio y como un nuevo punto de salida hacia una nueva vida, tal vez sí con Ramona, tal vez no. ¿Una tercera esposa? ¿Seguirá Carlos Alfredo enamorado de su madre en la próxima temporada?