El largo viaje
Jorge Semprún
Después de la lectura de El largo viaje de Semprún, sólo me queda discrepar con Adorno. Hoy vengo algo subidillo, así que niego la mayor ante su máxima de que “tras Auschwitz no se pudo escribir poesía”, porque este libro lo rebate.
Tras dieciséis años de silencio, Jorge Semprún vacía su mente de toda prosa para aislar el dolor en forma de recuerdo. A través del flujo de conciencia construye una nueva dimensión que solapa espacio y tiempo dando pie a la gestación de varios semprunes. Me explico, que me estoy haciendo más oscuro que la propia Escuela de Frankfurt. Para poder evocar la estancia de Semprún en Buchenwald, además del silencio de estos dieciséis años, se desdobla en voces semprunianas. Hay una que relata ese largo viaje en tren cuya duración fue de cuatro días y cinco noches hasta llegar al campo de concentración. conforme el tren se come los kilómetros, él se frena ante su propia historia. Le han privado de su vida, pero no de las personas con las que ha coincido y estos será su proyecto temático de vida. ¿Quiénes eran? ¿Qué hacían? ¿Por qué se cometieron injusticias sobre ellos? Sin embargo, este Semprún tiene el superpoder de conocer lo que sucederá en los próximos días e incluso cuándo y cómo acabará la guerra. Su cuerpo está en el tren, pero su voz narrativa está en el futuro. Por tanto, conviven el Semprún encarcelado, el excarcelado tras la guerra y el narrador y, entre todos ellos, se produce un diálogo conceptual que huye de todo realismo testimonial.
¿Y de qué se ayuda para conseguirlo? De Proust. El largo viaje de Semprún podría considerarse el reverso del anverso proustiano. Si “Por la parte de Swann” evoca los recuerdos idílicos de infancia del protagonista, en El largo viaje giramos la ruleta y llegamos al infierno. No creáis que la coincidencia entre ambos mundos es cogida por los pelos, sino todo lo contrario porque Semprún utiliza este mismo comodín en sus páginas y se aprovecha de la magdalena para llevar a cabo su mirada. No hay magdalena, o sí. No recuerdo si este lugar común -en esta reseña ya van dos tópicos-, se menciona en este libro -creo que sí-, pero sí su aroma se queda por escrito, porque es la escritura la que le permite rememorar en un aparente caos de recuerdos. Eso sí, en Proust, la memoria salva. En Semprún, la memoria duele.
Pero reducir El largo viaje a un ejercicio de memoria literaria sería injusto. En ese vagón de ganado humano se comprime la condición humana. Aunque esté claro que ese viaje es un descenso a los infiernos, también hay resistencia y solidaridad. Quizá, por tanto, la poesía tras Auschwitz no sea imposible, quizá lo que no pueda es ser ingenua. Que use yo el verbo “disfrutar” en este contexto, podría resultar obsceno; por lo que prefiero hablar de experiencia, de lectura perturbadora e intensa.