La escritura o la vida
Jorge Semprún
Me compré La escritura o la vida de Jorge Semprún, mientras estaba leyendo El largo viaje. Ahí lo dejé aparcado. Son libros, hasta ese momento sólo lo podía confirmar con El largo viaje, de una gran intensidad por lo que es aconsejable espaciarlos. Ha pasado algo más de un año y ya he terminado este La escritura o la vida.
Lo primero que me viene a la mente es que Jorge Semprún escribe un libro a contracorriente con el que intenta subvertir las ideas de aquellos intelectuales que matizaban que tratar de describir la vida en los campos de concentración es algo “indecible”. Semprún desplaza el problema hacia una tesis en la que afirma que la experiencia de vivir no es indecible, sino invivible. Y es más, se pone el mundo por montera y le suelta un punch a Wittgenstein cuando este afirmaba que la muerte no es vivible. Para Semprún, su muerte en vida, tras la liberación del campo de concentración de Buchenwald, será la excusa ideal para escribir este libro. Ojo, escrito cincuenta años después de alcanzar la libertad porque en ese lapso ha de necesitar mucho silencio para, en sus propias palabras, conservar el frescor de la escritura, esquivando las trampas de los relatos que se han repetido demasiadas veces.
De aquí nace texto tan intenso que se mueve entre presentes y pasados como pez en el agua, porque cuando uno ha estado muerto no entiende de tiempos verbales. La escritura o la vida se inicia un 11 de abril de 1945. Bueno, seamos más rigurosos. El libro arranca al día siguiente. El episodio se abre con la llegada al campo de concetración de tres oficiales aliados, cuya mirada tiene grabada el horror. A partir de aquí, un fluir de recuerdos que van desde esos primeros días, hasta su repatriación entreverado con un ir y venir de ireflexiones afiladas sobre la literatura, la vida, la muerte y el dolor. Sorprende lo poco que conozco, me pongo en primera persona, a uno de los intelectuales que, durante esos primeros años tras la victoria de los aliados, se codeó con la flor y nata de la cultura europea. Dos ejemplos bastarían: Louis Aragon y Primo Levi.
Como ya he dicho, Semprún se da un tiempo largo de medio siglo para publicar este relato autobiográfico, aunque literario también, y hay varios pasajes tan significativos que subrayé para poder leerlo en una de mis clases. Lo estoy buscando. Un poco de paciencia. Aquí está. Esto viene a colación de una conversación en el aula, estoy hablando de mí, de Luis, en el que un alumno, en un día algo rebotado, aunque buen alumno, me arreó un “que la literatura no le interesaba porque no era importante”. Ahora te vas a enterar, figura. Como si Semprún lo hubiera oído, ese mismo día yo leí en este mismo libro la conversación entre este y un capitán de comandos que le insta a contar todo lo que se ha vivido en el campo de concentración. Semprún le responde a este militar y a mi alumno, que no lo oía, pero yo me convertí en su portavoz, que para contar bien todo es necesario el artificio. Que la verdad no resulta fácilmente creíble. Que la verdad esencial de la experiencia -aquí va, alumno anónimo, entérate- no es transmisible… O, mejor dicho, sólo lo es mediante la escritura literaria. Mediante el artificio de la obra de arte. No hay verdad esencial que ninguna reconstrucción histórica podrá alcanzar, por perfecta y omnipresente que sea. No son mis palabras, son las de Semprún. ¡Toma, punch en todo tu anonimato!
Me ronda también por la cabeza, el título. Semprún escribe con cierta tristeza al saber, ya en el presente en que se compuso el libro, que la generación de supervivientes está desapareciendo. ¿Y entonces, qué? Quedarán los archivos y quedarán las fotos, pero no quedará la verdad. Quedará el libro. No quedará la memoria de los campos, pero sí quedará su libro para nosotros que no estuvimos. ¿Acordarnos de lo que no se ha vivido? Vivir lo no vivido, le diría yo a mi alumno anónimo.
Ya os dije yo que Semprún escribe a contracorriente y es que es un outsider. La escritura o la vida. Revivir la muerte. La muerte o la vida. La memoria del dolor y, sin embargo, con ese padecimiento, nosotros los lectores podemos rebautizar, una vez cerrado el libro y a la manera del Guerra y guerra de Krasznahorkai, como Vida y vida o Escritura y vida. Ya no como disyuntiva, sino como cópula.
El libro acaba donde empieza, aunque cincuenta años después: Buchenwald, al lado de Weimar. Horror y cultura en un radio no muy extenso. Semprún, reticente a las entrevistas y homenajes, acepta finalmente para filmar un reportaje en la televisión alemana. Buchenwald ha desaparecido, al menos el Buchenwald que aún retiene en la memoria. Nos quedará su libro…