Cómo viven los muertos
Will Self
A Will Self he llegado por la fuerza centrípeta, o centripoeta -error más bello que me ha jugado el teclado-, de la literatura. En la reseña anteriormente escrita sobre un libro de Coe me planteé la duda de si Inglaterra había perdido un poco el oremus novelístico tras los Amis, Barnes, Rushdie… De entre los más alejados del canon, me llamó la atención Will Self. A un escritor le ponen el apelativo de “enfant terrible de las letras inglesas” y ya me tiene enganchado a la teta. Sus obras se alejan del estereotipo británico y de la nueva hornada de escritores satíricos. Además, que se le conecte con el flujo de conciencia beckettiano y joyciano, supone un empujón que no puedo desaprovechar.
Cómo viven los muertos, que es la novela que acabo de leer, no tiene ese componente modernista todavía. Parece ser que aún no se han publicados esos artefactos. La novela que nos atañe es corrosiva, alejada de lo políticamente correcto y sarcástica. La historia, cuyo tema ya lo hemos leído, es ocupado, en gran medida, por el monólogo de Lily, una mujer que ha fallecido. Frente a la idea vertical de la muerte que podemos experimentar desde el otro, desde el vivo, como en Cinco horas con Mario, aquí la protagonista horizontaliza su propia experiencia trágica de forma muy personal.
Si estáis pensando en un simple mirar atrás por parte de la incorpórea, estáis también muy perdidos. Recordad cómo os he definido a Will Self. Lo tradicional y costumbrista no conviven en él. Cómo viven los muertos comienza por el epílogo. La misma extrañeza que experimenta la protagonista tras su deceso, la manifestamos nosotros como lectores. ¿Que no os lo creéis? Pues imaginadla acompañada de un litopedión [yo también lo tuve que buscar] y de Niño Borde, que es el cadáver vivo de su primer hijo que falleció con nueve años. Ah, y si esto no os parece extraordinario, sobre su cabeza sobrevuelan todos los abortos que tuvo, conocidos o no. Tras todo este cúmulo de desorientación por nuestra parte, llegamos al paso anterior que es la agonía de la protagonista en sus últimas horas. En este proceso de contextualización conoceremos a sus dos hijas. Una superficial y hueca, aunque formal y educada; y la otra, yonki y medio prostituta. Sin medias tintas, Will. Es evidente que morirse, pese a la simpatización que produce, no hace a Lily mejor persona.
De la boca de Lily salen sapos y culebras tanto hacia sus ex como hacia sus hijas, lo cual nos permitirá acercarnos a sus vivencias con absoluta explicitud. El paso siguiente tras su fallecimiento ocupa el grueso de la novela. Sin querer entrar en detalles, el limbo es un estadio que se asemeja a la vida corriente, lo cual no me sorprende porque me hace reflexionar sobre nuestra incapacidad de entender qué es la muerte. Si atendemos al título, se aprecia que es una total aporía wittgensteiniana “Cómo viven los muertos”. Me hago una lista mental con otras expresiones comunes que imposibilitan al ser humano separar ambos términos “pasar a mejor vida” o “¿hay vida después de la muerte?” Igual de burocratizado y con las mismas obligaciones se retratará este ínterin en el que se encuentra nuestra protagonista. Hasta las deudas en vida hay que saldarlas en una Hacienda del más allá, y es que, ya sabemos, hacienda somos todos, aunque lo de incluir a los muertos suponga una casilla más de la declaración. ¿Deudas postmortem? Una esperpentización.
Y aquí creo que está una de las mejores bromas de Self: morirse tampoco sirve para escapar. El más allá reproduce con eficacia nuestras burocracias y miserias. No hay trascendencia. La muerte no es un reverso de la vida, sino una prolongación grotesca, casi valleinclanesca. En nuestra imposibilidad de entender el espacio que ocupa la muerte, los fallecidos conviven con los vivos, aunque no se hagan visibles al más puro estilo Ghost. He de decir que, por momentos, he observado ciertas coincidencias, aunque dejo claro que aquí no hay nada de azúcar ni sexo cerámico. Aquí todo es punk, anárquico y corrosivo.
La primera persona es la protagonista absoluta de la novela, lo cual, por momentos, se me ha hecho agotador. Bien es cierto que, aunque desplaza la mirada hacia sus hijas en ocasiones, su óptica siempre vuelve a ella. Empezaba afirmando que me había enganchado a la teta del enfant terrible, ¿es así o me estoy haciendo un lío? Pero, por momentos, he sufrido cierta indigestión. Las algo más de cuatrocientas páginas me han hecho mella. Se me pasó por la cabeza ciertamente abortar esta misión y dejar a Lily hablando sola. No obstante, caminé por mi purgatorio personal, litopedión a cuestas, hasta la última página. Ahí entendí para qué ha servido este peregrinaje. ¿Y si el título no fuera una pregunta indirecta y sí una exclamación? Y si los muertos viven con la misma tozudez. En el fondo, Self parece reservarnos una última patada: ni siquiera morirse garantiza dejar de estar vivo.