Un hombre enamorado. Mi lucha: 2
Karl Ove Knausgård
Casi setecientas páginas de vellón que reflejan pormenorizadamente su día a día con la que fue su segunda mujer. Sus inicios. Su vida de padre primerizo. Los dimes y diretes con su pareja. Que si la vecina rusa borracha. ¿Hay algo más anodino que narrar el ir al parque con la niña o elegir jardín de infancia? Ahora me diréis que de aquí se puede sacar una novela y, de hecho, Knausgård la ha escrito, pero no. Esto es como ver las fotos del viaje que han hecho vuestros amigos. Todos lo sabemos. Nos aburren. Pues con Knausgård es todo lo contrario. Es fantástico. Entras sin ningún tipo de vaselina en su vida. Cuando te quieres dar cuenta ya estás inseminado (no sé si es una buena metáfora). Eres capaz de construir un infinito en esta cotidianidad.
La posible banalidad de la que he hablado se difumina para eyacular un chorrazo de existencialismo que te da en toda la jeta. Puede que exagere, no lo sé, pero estamos ante el escritor que más exprime el existencialismo desde los franceses de cuello vuelto y gafas de pasta. Tiene una jodienda. Y es que todo libro - no los suyos, sino de los demás- que pretende manifestar una historia cotidiana la convierte, no en oro, sino en intrascendente.
¡Qué me has hecho, maldito Knausgård? Yo sólo buscaba un autor de cabecera que me prometiera horas de lectura. Que me contara su vida. Que me hiciera empatizar con sus experiencias vitales. No era necesario que me vomitara existencialismo desde la página uno a la quinientas. Pues sí. Knausgård, como el rey Midas, me concedió el deseo. ¡Me cagüen su leche! Y vaya que sí lo ha conseguido.